por AFIF CHAIKH
Dios nunca me va a tomar examen preguntándome cuánto conozco, sino más bien cuánto vivo de todo aquello que conozco. Entendí que allí se hallaba encerrada una nueva propuesta: Vivir de realidades, vivir con firmeza y coherencia
SOMOS CRISTIANOS, pues hemos encontrado a Dios; vivimos en comunión con él y con nuestros hermanos y servimos activamente al Señor. El esquema de nuestra vida parece suficientemente claro como para sentirnos tranquilos en cuanto a nuestra fe, a nuestros conocimientos, a nuestra conducta y aún respecto al desarrollo de nuestro ministerio cristiano. Y esto produce un oculto sentimiento de autosatisfacción mientras, dentro de la figura de ese nuevo hombre, hemos pasado así de ser niños espirituales de corazón ardiente, a adultos religiosos y satisfechos.
Reflexionando sobre tales sentimientos leía las palabras del apóstol Pedro en su segunda epístola (1.3): "todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad (devoción, V.P.) nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que -"nos llamó por su gloria y excelencia"-, cuando sentí un impacto divino en mi corazón -Dios me llamó- me repetí, dejando aflorar en mí un sentimiento de alegría y satisfacción. ¡Esta es mi suprema vocación! me dije en voz alta, y seguí leyendo (1.4) "por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina".
Ya esto me hacía sentir muy bien, aunque allí comencé a repasar mi vida como contemplándola, analizándola, tratando de desglosar sus múltiples componentes. Miré cómo la gracia y la misericordia de Dios me habían conducido últimamente a descubrir y a vivir los alcances de una verdadera renovación interior, donde el Espíritu Santo hizo y continúa haciendo su obra, atisbando así en mi mente la dimensión divina en el nuevo hombre a la vez que la responsabilidad humana de permitir o proveer las condiciones para que Dios cumpla su propósito.
Sobre esto último observé que Pedro dice (1.5-7) "poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid…" y aquí percibí nuevamente el toque de la Palabra que parecía dirigirse personalmente a mí diciéndome (1.10): "Por lo cual, hermano, tanto más procura hacer firme tu vocación y elección".
Entablé entonces un diálogo imaginario con el apóstol en el que le decía: -Pedro, recuerda que si bien comencé mi vida cristiana siendo una "nueva criatura", ahora ya no soy un novato; tengo años de experiencia confirmada, sé lo que involucra ser un seguidor de Cristo, fíjate que hasta formo parte del equipo pastoral de la congregación a la que pertenezco. Además, siempre creí entender el sentido de mi vocación y ahora, más que nunca, comprendo el calibre de mi compromiso con Cristo; de modo que no entiendo bien que a esta altura de mi vida y de mi experiencia me digas que procure afirmar mi vocación. Acepto, sí, que todavía no alcancé plenamente aquello para lo cual fui alcanzado por Cristo Jesús, como dice Pablo, pero no veo con claridad la necesidad de
repasar y confirmar mi llamado.
Aquí la respuesta de Pedro pareció provenir del 1.12: "Por esto, yo no dejaré de recordarte siempre estas cosas, aunque tú las sepas, y estés confirmado en la verdad presente". Esto casi me impacientó, al punto que le pregunté: -¿Entonces por qué me lo recuerdas si, como dices, estoy confirmado en esa verdad?, a lo que Pedro contestó (1.13): "Pues tengo por justo (estoy en el deber, según V.P.) en tanto que estoy en este cuerpo, el despertarte con amonestación, sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo…"
A esta altura ya me quedé en silencio, pensativo, todavía sin comprender, cuando Pedro, como si lo dicho fuera poco, agregó (1.15): "También yo procuraré con diligencia que después de mi partida tú puedas en todo momento tener memoria de estas cosas".
Volviendo aquí a mi reflexión, comencé a darme cuenta que estaba descubriendo algo así como un nuevo principio que yo podía y debía aplicar a la práctica de mis conceptos y conocimientos. Se trataba de adquirir lo que para mí era una nueva costumbre: la de examinar repetidamente la verdad conocida, repasarla una y otra vez en forma sistemática, confirmarla en mi experiencia y entonces aplicarla.
Esto vino a ser, y sigue siéndolo, un maravilloso ejercicio de permanente análisis y aplicación práctica que en este caso me condujo a discernir mi vocación y afirmarla, confirmar mi elección, reconocer mi verdad presente, ser despertado con amonestación, repetir con insistencia la verdad de Dios y velar y orar, que es el sentido de "procurar".
De paso, todo esto me llevó a redescubrir el valor de la Palabra que había con los años incorporado a mi mente por la memorización dándome cuenta que yo podía usarla para salvar diversas situaciones de conflicto y que, además, el mismo Espíritu Santo podía activar para ayudarme en ellas.
Creo, en un sentido general, que no tenemos debidamente en cuenta el poder de la Palabra, que se ejercita cuando la consideramos, cuando la repetimos, cuando constantemente la proclamamos.
De modo que así llegué a la conclusión de que "hacer firme" mi vocación no es algo que proviene de tomar decisión con firmeza en una ocasión especial, o quizás en un momento de emoción o euforia, sino más bien de acostumbrarme al ejercicio práctico de relacionar cada circunstancia de mi vida con la realidad de mi suprema vocación. ¿No es esto acaso ser un verdadero seguidor de Jesucristo?
Tal ejercicio consiste en discernir esa vocación y afirmarla en el diario vivir: ante la responsabilidad del trabajo, ante los compromisos del mundo, ante la prueba, la lucha, el desánimo y aún ante la alegría y la prosperidad. No pretendiendo haberlo ya alcanzado sino que, según Pablo, "prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús". A todo esto, había quedado flotando en mi mente esa expresión de Pedro referida a "la verdad presente". Mi reflexión me llevó a reconocer que habiendo estado por mucho tiempo frente a ella y, por lo tanto, conociéndola y pudiéndola explicar, necesito sin embargo convertirla en mi verdad. Es que yo puedo decir que la conozco, y no necesariamente estar siguiéndola, lo cual significa que quizás estoy en la forma y no en la esencia, y tal vez en lo liviano y no en lo serio. ¿Cuál es entonces mi verdad presente? Hace poco tiempo meditaba en lo serio del llamado de Cristo, cuando leí en Ro 11.29: "Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios". Esta es la vocación vista desde el lado divino, que no puede cambiar como de parte del Señor y que frente al vaivén de mis sentimientos, se constituye en un planteamiento, en un desafío a mi capacidad de ser diligente y de responder con una actitud madura y consecuente.
¡Qué tremendo sentido práctico encontré en las recomendaciones de Pedro! Hay hasta una evidente nobleza del apóstol, mezclada con una buena dosis de santa obstinación al querer despertarme con amonestación, como para que mi vida y mi ministerio cristiano cobren renovada significación y dinamismo. Que lo mental se convierta en experimental y lo místico en algo tangible.
Creo que Dios nunca me va a tomar examen preguntándome cuánto conozco, sino más bien cuánto vivo de todo aquello que conozco. Entendí que allí se hallaba encerrada una nueva propuesta: ¡Vivir de realidades! Vivir con firmeza y coherencia. ¿Una nueva fórmula de vida, quizá? No, simplemente la antigua realidad de la suprema vocación con un nuevo énfasis, con una nueva perspectiva, con una nueva conciencia. Concluí mi ejercicio espiritual recogiendo con seriedad la advertencia del peligro de tener "vista muy corta"; esto es haber perdido alcance en la visión que sucede al llamamiento. Pedro dice: "haciendo estas cosas no caeréis jamás" (1.10). La referencia no es a caer en pecado sino, como expresa más adelante (3.17), acerca de "caer de nuestra firmeza", que no es ni más ni menos que debilitar la firmeza de mi vocación.
Entonces sentí el vivo deseo de decirle a Pedro con toda mi capacidad de decisión y fe en mi Señor: "También yo, Pedro, procuraré con diligencia en todo momento tener memoria de estas cosas".
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