por LETICIA B. DE MOSSELLO
La decisión de abordar el tema de la autoridad como condición inherente a la naturaleza humana, no es una elección arbitraria sino una necesidad de bucear en algunas zonas con las cuales generalmente nosotros no queremos tropezar.
Occidente, tan complejo como heterogéneo, gravita a partir de la conquista grandemente en América Latina. No toda su influencia ha sido positiva, ya que, a través de las corrientes inmigratorias ha hecho posible la constitución de un pueblo que reviste caracterÃsticas singulares. América, en su evolución polÃtica, abrazó por mucho tiempo a los regÃmenes totalitarios y dictatoriales. De ellos tenemos recuerdos muy cercanos en nuestra patria. Esto, indudablemente, ha gravitado sobre la comunidad latinoamericana. Estos pueblos nuevos, jóvenes y, hasta nos atrevemos a decir pueblos niños, aún no han podido aprender a andar solos por la senda de la historia.
El autoritarismo, actitud antagónica de la autoridad, echó raÃces sobre nuestro continente y ahora, cuando comenzamos a respirar aires nuevos, es decir, cuando surgen las nacientes democracias, sentimos temor ante las alternativas que ellas nos ofrecen. TenÃamos miedo a usar las franquicias de la democracia, a disfrutar de sus beneficios, porque las estructuras de la sociedad totalitaria nos habÃan ofrecido “seguridad” por medio de los estados paternalistas. A la vez, aquella forma de vida se nos trasmite inconscientemente, está arraigada, muy a pesar nuestro en la idiosincracia de los pueblos.
Queremos cambios de conciencia pero, al mismo tiempo, éstos nos perturban emocionalmente; los deseamos pero no nos es fácil abordarlos.
El autoritarismo nos impide SER, nos inhibe toda nuestra capacidad de humanización o desarrollo de nuestra humanidad. Vivir bajo un régimen autoritario nos resulta muy cómodo, tenemos quien nos señala pautas, o lÃmites, tanto en la sociedad cuanto en la familia y en la iglesia. Todo es más cómodo, seguro y, aparentemente armonioso. No aparece el caos. Todo es orden.
Frente a este panorama planteado sobre pilares seculares, viene al caso esta pregunta ¿cuál es la actitud que el cristiano debe asumir frente a aquélla para proceder con sabidurÃa? Pues, ¿en qué consiste ésta?
“La sabidurÃa es la afirmación pura de Dios, de la naturaleza y de sà mismo”, parafraseando a Spinosa (filósofo judÃo, convertido al cristianismo).
Solamente el que esté imbuÃdo de sabidurÃa es capaz de dar y recibir amor. La primera carta de San Juan 4:18 dice “el amor perfecto echa fuera el miedo”.
El amor es el manantial de donde mana la autoridad. Podemos reflexionar sobre este tema y arribar a conclusiones entristecedoras. El mundo actual carece de este don precioso que es el amor. Lo suplimos con mecanismos puramente humanos, y nos acorazamos detrás de ellos para defendernos de los ataques externos. Nos convertimos rápidamente en hombres y mujeres agresivos y violentos. Estos rasgos, que asumimos muchas veces como normales, tienen nombre: autoritarismo.
Debemos volver a las fuentes, tenemos que recuperar el orden primero; es preciso volver sobre nuestros pasos y replantearnos la pérdida de nuestro cosmos. Es menester reflexionar con sabidurÃa acerca de nuestra libertad. que está en nuestra esencia por habernos sido dada por Dios. No es fácil usar de la libertad porque ello acarrea responsabilidad; sin embargo es la fuente de donde mana el principio de la autoridad. No se concibe la autoridad sin la libertad.
El hombre, ejercitando su libertad, escoge someterse libremente a la autoridad de Dios, y en eso consiste la obediencia del hombre libre. La Biblia nos relata la vida de grandes hombres de Dios, que no necesitaron otro imperio que no fuera la obediencia a Dios. Pensemos en Abraham cumpliendo sin claudicaciones la voluntad de Dios (Génesis 22:1 “aquà estoy”); en Moisés (Hebreos 11:24 y 25) guiando a su pueblo con sabidurÃa o en Josué (Josué 1:10); en Pablo (Hechos 9:20,21 y 22) y finalmente en el Señor Jesús, en quien se manifiesta la suprema obediencia a Dios. Jesús nos da ejemplo de ello. La autoridad que nos muestra su figura involucra todo el accionar del hombre. Implica coherencia, servicio, humildad, sensibilidad, trabajo, reflexión y gratitud; actitudes éstas abarcadoras de un solo concepto: amor a Dios.
Reiterando que, sólo es legÃtima la autoridad libremente elegida por el hombre, la elección que éste hace a someterse a la autoridad de Jesucristo implica el respeto por la libertad del prójimo asà como lo demostró Jesús al aceptarnos como hermanos tal como somos.
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