Estimado Director:
¡Qué bueno es saber que pertenecemos al reino de Dios! ¿No le parece Director? Claro, porque aunque el reino se realizará plenamente en el futuro, ya está entre nosotros, y lo que es mejor, usted y yo ya vivimos en su realidad y de acuerdo a su justicia (porque todo reino necesita una justicia, y este no es una excepción).
Pero precisamente aquà está el nudo de la cuestión señor Director: en la práctica de la justicia del reino. Muchos piensan que es una justicia inalcanzable, porque somos seres humanos y no podemos pretender la perfección. Pero se equivocan, porque si bien Dios es perfecto, él nos conoce y nos ama, y no pone sobre nosotros cargas más pesadas que las que podemos llevar, sino por el contrario, su práctica es para nuestro bien.
Jesús dijo: “porque les digo a ustedes, que si su justicia no es mayor que la de los maestros de la ley y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt. 5:20). ¿Se da cuenta Director?, la clave está en no ser como esos estudiosos de la ley, que sabÃan tanto sobre qué es lo justo y qué no lo es, que estudiaban con esmero la letra frÃa de la ley pero se olvidaban del espÃritu amoroso de Dios, que se negaban a dejar nada librado a la iniciativa personal, ni a la dirección del EspÃritu Santo en sus vidas.
Tomemos un ejemplo absurdo pero real de sus planteos: si un hombre tenÃa una gallina para comer sus huevos, y ésta ponÃa un huevo en un dÃa de reposo, eso implicaba trabajo, y el dueño no debÃa comerlo, porque de hacerlo hubiera estado violando el reposo.
Pero dejemos este embrollo de leyes que siempre nos llevan al sufrimiento y al ridÃculo, y pensemos en la justicia del reino: Jesús planteó sus fundamentos en el sermón del monte, y podemos deducir que las claves son el amor y el perdón. En la justicia del reino no se enfatiza sobre lo que no debemos hacer, como las leyes de los fariseos, sino en lo que podemos realizar en beneficio del prójimo.
Pero yo le decÃa señor Director, que practicar la justicia del reino es para nuestro bien.
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Tomemos entonces el caso del perdón: “cuántas veces debemos perdonar ¿hasta siete? le preguntaron a Jesús No, respondió él hasta setenta veces siete” (que es igual a 490 veces, que es lo mismo que decir hasta el infinito, o que implicar que hay que estar siempre dispuesto a perdonar).
Este acto es bueno para el prójimo que es perdonado, porque él puede ver en ello un destello del amor de Dios, pero sobre todo es bueno para el que perdona, porque al que aprende a perdonar la vida se le hace más fácil de vivir, más placentera, y más saludable. En cambio el que no sabe perdonar vive intoxicado con su propio veneno, resentido, al borde del infarto, y armado de tantas defensas psicológicas que pierde la espontaneidad y hasta comienza a desconocerse a sà mismo.
Por eso mi estimado Director, como le dije al principio, ¡Qué lindo es saber que usted y yo, y una innumerable cantidad de personas, pertenecemos al reino de Dios! y lo digo no sólo por el futuro, sino por el presente.
Y ya que usted es tan bueno, perdóneme por el tiempo que le hago perder con esta carta, y si es más bueno aún, publÃquela. Aunque si con ella hace un bollo y la tira al cesto de papeles practicando un poco de basketball casero, yo lo voy a comprender y perdonar a usted hasta setenta veces siete (y estoy seguro que los sufridos lectores también).
Su amigo de siempre
Desiderio
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