por MIGUEL A. ZANDRINO
Los creyentes contamos con motivaciones superiores, como son el amor y la esperanza cristianas, y con un poder superior: el Espíritu Santo
INTOLERANCIA, violencia, egoísmo, discriminación, autoritarismo. Son términos que los argentinos conocemos bien, somos agudos críticos de estas características cuando las percibimos en los demás. Más complacientes somos cuando se trata de nosotros mismos. Sin embargo hemos comenzado a reconocer que estos rasgos están presentes en nuestra idiosincrasia colectiva e individual. En los últimos años hemos estado escuchando la gráfica descripción del "enano fascista" que habita en cada uno. Esto no es otra cosa que el reconocimiento de que el hombre nace con esa predisposición al sectarismo y la intolerancia. Por otro lado, con algo de nostalgia y resignación nos comparamos con los ciudadanos de los países desarrollados del primer mundo, a los cuales solemos admirar por presentar características que se alejan de ese modelo al que, pareciera, el destino nos ha atado.
Sin embargo hemos de reconocer que el egoísmo, la intolerancia, el racismo, el individualismo, no son privativos de nuestra idiosincrasia, sino que son comunes o esenciales a la raza humana. Es el hombre, es su naturaleza caída la responsable de este patrón. Los pueblos que dan muestras de virtudes opuestas a las descriptas: pluralismo, altruismo, respeto por las minorías y el disenso, pacifismo; no son esencialmente superiores al nuestro, sólo han tenido mayor oportunidad de desarrollarlas pues han contado con siglos de funcionamiento institucional adecuado a su estímulo. Nosotros, en cambio, hemos tenido unas pocas décadas de libertad y democracia y aun así, esparcidas a lo largo de toda nuestra historia.
De todas manera, el punto es que el autoritarismo, el uso de la fuerza, la discriminación, son muestras de la propia naturaleza humana. Todo alejamiento de este punto al polo opuesto, conlleva un esfuerzo, un proceso en el cual se deben ejercitar los valores de respeto al derecho de las minorías, aceptación del disenso y negación de la violencia como salida. Es de alguna manera, ir contra la naturaleza humana, como el hecho de aprender a lavarnos los dientes o volar con un planeador. Para ello el ser humano cuenta con el esfuerzo propio y el estímulo de una perspectiva humanista y democrática.
¿Qué tenemos que decir a esto los cristianos? Nosotros contamos con motivaciones superiores como son el amor y la esperanza cristianas, y con un poder aún más superior, el poder del Espíritu Santo, el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos y que puede transformar nuestras vidas de un modo radical, tenemos la inmejorable posibilidad de reducir al "enano fascista" a su mínima expresión.
Creo que proclamar esta verdad y vivir de acuerdo con ella será el aporte del pueblo cristiano a nuestra patria, será el germen que se esparcirá por toda latinoamérica colaborando con nuestros pueblos que se debaten para salvarse de la pobreza evitando la disgregación y la intolerancia.
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