Fromm afirma que el sadismo no es tanto el infligir dolor y sufrimiento sino más bien el deseo de gobernar, de tener poder, de dominar a otra persona. Este deseo de dominar trae consigo sufrimiento. Fromm dice que hasta que no venzamos este impulso narcisista no podremos alcanzar la madurez como personas ni vivir en sociedad.
Amar es, ante todo, aceptar al otro tal como es. El amor es tensión y realización, anhelo y hostilidad, alegría y dolor. No existe una cosa sin la otra. Hay que saber aceptar que la felicidad es sólo una parte del amor y que el sufrimiento es inseparable de ella. Este es el misterio del amor, su grandeza y su dificultad.
Walter Trobisch
“Yo, empero, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, el cual hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué galardón tendréis? ¿No hacen otro tanto aun los publicanos? Y si sólo saludáis a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen otro tanto aun los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5.44-48).
Jesús no presenta los mandamientos como una serie inconexa de prescripciones, arbitrariamente impuestas por Dios. No; Jesús hace ver el núcleo, la fuente que da sentido a todo lo mandado. “De estos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas.” ¿De qué dos mandamientos? “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” Este es el mayor y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22.37-39). La fuente y el fin de la ley es el amor. En él se cifran los diez mandamientos, los tres primeros y los siete restantes. Unos y otros reciben su más profundo sentido en este amor: amor a Dios y amor a los hombres.
El amor. Una palabra divina, henchida de exigencias. A veces tal vez nos sentimos tentados a verla como algo que cae de su peso; hasta punto tal lleva nuestro pensamiento la marca de veinte siglos de predicación del evangelio. Pero Teilhard de Chardin escribe cómo, estando inclinado a pensar que la lucha y la fuerza eran las realidades más importantes de la vida, la revelación de la misión de amar le pareció la revelación de un misterio. El orgullo de los fuertes y el resentimiento de los débiles quedan aniquilados por este mandamiento. Es la crítica de Dios a nuestro obrar, una crítica que cura y da vida; ella es esencialmente la revelación de un misterio de fe, el gran misterio de que Dios es amor. Por eso son inseparables el amor a Dios y el amor al hombre.
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