El Dios verdadero no es “el que está solo”. Por el contrario, es quien invita al hombre a estar con él. Es un Dios que se ocupa de los demás, del mundo y del hombre más que de sà mismo.
Esto es sumamente sugestivo porque habitualmente pensamos en un Dios que está allá, distante, aguardando que los hombres piensen en él, se ocupen de él, traten de agradarle o satisfacerle.
El Dios de la Biblia, en cambio, está constantemente ocupado en el mundo, en su curso, en la creación de la vida y son acontecimientos trascendentes, de manera que a través de la historia, Dios habla a los hombres de una manera diferente de cómo lo hace por la predicación de los profetas.
Cuando se establece el reino, y David primero y Salomón después ocupan el trono, se cumplen parcialmente las promesas hechas a Abraham. Israel llega a ser un reino poderoso, rico e influyente entre los demás reinos de la tierra. Pero David mismo profetiza que el Señor de la historia los conduce hacia un fin más vital a los hombres a pensar en este proyecto, a tomarlo en serio, a comprometerse con él para realizarlo. Este es el comienzo de la fe.
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El hombre nuevo
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