9th Oct, 2008

El hombre no está solo

 por MIGUEL A. ZADRINO

En el credo, al confesar nuestra fe en el eterno Hijo de Dios,

decimos: "Creo en Jesucristo, su Hijo, que nació de María virgen,

padeció bajo Poncio Pilato…" En donde María virgen y Poncio

Pilato son los nombres de dos personas que determinan la

temporalidad de Jesús. El nombre de una persona marca su

nacimiento y el de la otra su muerte, pues lo hizo crucificar.

Entre ambos, hallamos la palabra padeció, como una constante que

determina su paso por la historia.

 

Sus padecimientos comienzan en su nacimiento mismo: no hay lugar

apropiado para la familia que llega a Belén justo para el

nacimiento del niño, y éste nace en un establo. No pasa mucho

tiempo cuando el rey Herodes busca al niño para matarlo, y José y

María lo toman consigo y huyen a Egipto, hasta que muerto

Herodes, regresan a Nazaret.

 

De aquí en adelante, salvo la

mención del viaje a Jerusalén para una fiesta de Pascua a los

doce años de la vida de Jesús, ésto no reaparece en el evangelio

hasta su bautismo, que determinará el comienzo de su ministerio

público.

 

Entonces es llevado por el Espíritu al desierto, y allí

padece la tentación del diablo. Desde ese momento en adelante,

nos encontramos con un Jesús que vive constantemente herido por

el dolor y el sufrimiento de los hombres que lo rodean.

 

Generalmente, cuando pensamos en los sufrimientos del Señor, los

referimos a su muerte en la cruz. Y seguramente que es en esa

oportunidad cuando los mismos se manifiestan de una manera

suprema, ya que la cruz representa el climax de su padecimiento.

Pero es cierto también que en toda su vida lleva la marca del

dolor de una humanidad que sufre por causa del pecado.

 

El mismo no cometió pecado, pero aparte de ésto, es hecho en todo

semejante a los hombres, y el sufrimiento del hombre a su

alrededor, lo alcanza a él, porque vice en un mundo en donde el

mal impera. Satanás es el dios de este mundo, y aun el universo

físico está contaminado por esta maldad que daña, que destruye,

que es deletérea, que termina por matar. Precisamente la delicada

sensibilidad de Jesús en relación con el mal, hace que él sea

herido más cruelmente. Su pureza, la limpieza de su alma, su

santidad, le hacen sentir más intensamente el poder negativo del

mal que lo rodea.

 

Cuando en su camino se encuentra con una persona enferma, sufre

por compasión. Y esta palabra compasión, es clave en toda su

vida. Significa padecer-con-el-que-sufre. Compadecer no es

simplemente "tener lástima". Cualquiera de nosotros tenemos

suficiente sensibilidad para sentir lástima por quienes sufren.

Pero ésto no hace que actuemos como el Buen Samaritano de la

parábola, que dejando de lado sus compromisos y urgencias, se

detuvo a prestar auxilio al que lo necesitaba. El Buen Samaritano

representa la actitud permanente de Jesús, que también nos

propone a nosotros, para que como él, aprendamos a tener

compasión.

 

Su compasión le hizo padecer con lisiados, leprosos, sordos,

ciegos, hambrientos, endemoniados. Todos esos centenares de

personas que lo rodeaban diariamente -tal vez fueran en muchos
casos similares- y que buscaban su auxilio sobrenatural, hicieron

que el alma de Jesús se sintiera oprimida por la angustia y el

dolor de tantos necesitados como encontraba en su camino ¡Y

cuánto sufrió cuando murió su amigo Lázaro! El que era el autor

de la vida, se enfrentaba con la muerte que le arrebató a su

amigo querido.

 

 

Al visitar su tumba, lloró. Pero no podía quedar

inactivo y ser un testigo pasivo de tanto sufrimiento como el que

provocaba la presencia del mal entre los hombres. Y aunque su

propósito al venir a este mundo era mucho más importante que

prestar una ayuda circunstancial a un limitadísimo número de

personas que se cruzaban por su camino, su compasión no le

permitía en ningún caso seguir adelante indiferente: hizo andar

al lisiado, devolvió la vista a los ciegos, limpió a los

leprosos, abrió el oído a los sordos, alimentó a los hambrientos,

y liberó a los prisioneros del diablo, y también devolvió la vida

a Lázaro.

 

 

El objetivo de su vida era muchísimo más elevado. No se

trataba de centenares o de millares de personas que sufrían, se

trataba del sufrimiento de toda la humanidad, y en un sentido más

profundo que ser librado de la enfermedad y las circunstancias. Y

aún se trataba de liberar al universo mismo del poder del mal.

 

Su meta era la cruz. Y la cruz precisamente representaba

sufrimiento y dolor. Pero era una manera particular de sufrir.

Era mucho más que un sufrimiento por compasión: la muerte en la

cruz, habría de representar a Cristo sufriendo en lugar del

hombre. Era sufrir, para redimir de sufrir. Era morir, redimir de

morir.

 

Y así como el Señor Jesucristo sufrió, tampoco Dios dejó de

sufrir a través de toda la historia de la humanidad. En Génesis

6.5-6 dice que "El Señor vio que era demasiada la maldad del

hombre sobre la tierra, y que éste siempre estaba pensando en

hacer lo malo, y le pesó a Dios haber hecho el hombre, y le dolió

en su corazón".

 

 

El dolor y el sufrimiento del hombre hirió el

corazón de Dios, que no abandonó al hombre dejándolo solo con su

propio dolor. Y esto representa un misterio insondable para

nosotros. Es conmovedora la actitud de Dios en todo el Antiguo

Testamente cuando manifiesta su amor y profundo interés por este

hombre que sufre por causa del mal. Es que Dios tiene propósitos

elevados y sublimes que quiere cumplir en favor del hombre.

 

Precisamente, Jesús es Dios que irrumpe en la historia. Es la

eternidad que se introduce en el tiempo. Es el reino de Dios que

e establece entre los hombres, por el testimonio, la vida y la

obra de Jesucristo. Pero los hombres no llegaron a comprender la

profundidad de la obra de Jesucristo. En su momento, ni siquiera

los discípulos llegaron a entender la muerte de Jesús, que los

dejó perplejos y desconcertados.

 

 

"¡Nosotros pensábamos que él era

quien habría de redimir a Israel!". Para ellos la muerte era

obviamente la consecuencia del mal que estaba en el hombre. ¡Pero

Jesús era bueno! Nadie, ni aún sus enemigos pudieron echarle en

cara una sola falta ¿cómo podía morir entonces?. Su muerte era

una incongruencia, una contradicción.

 

¿Cómo era posible que

triunfara la mentira, la prepotencia, la injusticia, el egoísmo,

la maldad? Para quienes conocieron a Jesús, su muerte aparecía

como un absurdo. Murió entre la burla de la muchedumbre, en medio

de dos criminales, como un criminal más. Y esta muerte hizo temblar los cimientos del Universo, pues es

perfectamente perceptible la coherencia del cosmos. Las leyes que

interpretan los fenómenos físicos o biológicos son inexorables:

se siembra lo que se recoge; a una determinada acción,

corresponde siempre una reacción equivalente.

 

El hecho es que cuando Jesús murió "Dios estaba en Cristo

reconciliando al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus

pecados… Al que no conoció pecado, para que nosotros fuéramos

hechos justicia de Dios en él". El sufrimiento y la muerte de

Cristo en la cruz, no fuéramos hechos justicia de Dios en él".

 

 

El

sufrimiento y la muerte de Cristo en la cruz, no fueron

incoherentes ni incongruentes. Debía morir pues había sido hecho

pecado por nosotros, y allí cargó Dios sobre él la maldad de

todos nosotros.

 

El sufrimiento del pecado del hombre -el sufrimiento que Dios

había compartido desde el comienzo de la historia de la

humanidad, y que Jesucristo había padecido durante toda su vida lo sufrió de una forma particular y suprema, cuando sufrió para

redimir de morir. Su muerte y sus padecimientos fueron vicarios:

él quiso morir y sufrir por la carga culpable de nuestra maldad.

 

Pero Jesús resucitó, y su resurrección proclamó la victoria de la

cruz. Recién entonces los suyos comenzaron a entrever el milagro

que se operó aquel día, el más oscuro de la historia, pero a la

vez, el más luminoso.

 

Al principio el hombre había sido creado a la imagen y semejanza

de Dios, y era un ser libre en un mundo perfecto y hermoso. Entró

luego el pecado, y reinó el mal, con su consecuencia de

sufrimiento, dolor y muerte. Pero Dios no abandonó al hombre.

 

No

solamente sufrió a la par de la humanidad, sino que vino en

Jesucristo en su auxilio. Y ahora el hombre se encuentra en la

posibilidad de recuperar lo que había perdido: una nueva relación

con su Creador, una liberación del poder del pecado y de la

muerte, una recuperación de la vida eterna, de la vida de Dios,

por la fe en Jesucristo.

 

Es claro que aún aquí el escenario sigue siendo el mismo, y el

sufrimiento y el dolor que son la inevitable consecuencia del

mal, siguen privando sobre la tierra. Pero hay un poder que se no

ofrece a quienes venimos a Jesucristo, que si bien no elimina el

sufrimiento, sí nos imparte una nueva fuerza capaz de sobrellevar

el dolor y la miseria humana, en la misma actitud que vivió el

Señor en este mundo, padeciendo y siendo perfeccionados en medio

de las circunstancias de la vida presente, teniendo nuestra

esperanza puesta en la pronta venida de nuestro Señor, cuando al

verle a él, seremos transformados a su imagen, y seremos

herederos juntamente con él de una tierra nueva y de los cielos

nuevos en donde todo será justo y bueno.

 

"Y como él mismo sufrió y fue puesto a prueba, ahora también

puede ayudar a los que son puestos a prueba". "Cristo, a pesar de

ser Hijo, sufriendo aprendió a obedecer, y al perfeccionarse de

esta manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos

los que le obedecen".

 

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Comentarios

grasias señor jesus por tu obra halli en la cruz el mismo dijo estamos en el mundo pero no pertenesemos a el y en el tendremos la victoria en este mundo cuando el nos venga a vuscar
DIOS SIGA DERRAMANDO SABIDURIA Y GRACIA SOBRE VOSOTROS HER.

gracias por tan hermoso sermon la verdad que es reconfortante poder adquirir esta enseñansa y poder entender con mayor claridad el sacrificio de nuestro SEÑOR JESUCRISTO que el señor les bendiga

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