por JORGE TASIN
Jorge Tasin fue uno de los oradores del seminario de octubre de la Escuela BÃblica Evangélica. Su mensaje causó particular impacto por haber sido él mismo un marginado antes de conocer a Cristo.
Jorge fue drogadicto y pudo salir de esa condición, luego de lo cual estudió en el Instituto BÃblico de Buenos Aires. Actualmente, junto con su esposa Lily y sus tres hijos cumple tareas pastorales.
Es autor del libro “Los Locos”, en el que analiza la problemática de la drogadicción en la Argentina y que ha tenido notable repercusión. Presentamos pues, a nuestros lectores, su exposición en dicho seminario.
A René Padilla, mi maestro
NUESTRO PROPOSITO no es orientar este escrito hacia una enumeración anecdótica de las bondades que la presencia del reino de Dios genera; entre aquellas personas que a menudo con excesiva ligereza categorizamos como marginados. Un sano y necesario ejercicio serÃa preguntarnos ¿marginados de qué? Porque si la cuestión reside sencillamente en una marginación de los códigos y principios de esta cultura, de este sistema, cabrÃa considerar que la iglesia está invitada por Jesucristo a -desde una perspectiva- “marginarse” de tales códigos y principios.
Desde ya sabemos que el uso del término nos remite a aquéllos que no han logrado, por diversas causas, integrarse al sistema. Más aún, el término es un reduccionismo que engloba hoy en dÃa los distintos rostros de la miseria humana. El pobre, el loco, el extrajero, el adicto, y muchÃsimos otros que han perdido una imagen humana, ante quienes han sabido ajustarse al funcionamiento de la sociedad. Si existen marginados, existen marginadores. El hecho de “no ser del mundo” tiene para nosotros tanto que decirnos, como el de que “estamos en el mundo”. Ni divorciarnos de la realidad, ni confundirnos en el sistema; tal es uno de los grandes dilemas históricos de la iglesia cristiana.
El Reinado de Dios fue inaugurado en Jesucristo. Entendemos por Reino de Dios no una realidad limitada al orden fÃsico o al espiritual, sino un fenómeno que pertenece al ámbito de los misterios del Dios que se nos ha revelado en su Hijo Jesucristo. Un misterio que tiene que ver, puntualmente, con el propósito redentor de Dios, con su llamado a la vida, al perdón, al amor, a la obediencia. El Reinado es reinado. Se hace presente y se concreta en personas. En aquellos seres humanos que por la misericordia de Dios y por el quehacer del EspÃritu Santo se han dispuesto a obedecer a Dios en lÃnea con las enseñanzas de Jesucristo.
El análisis tendrá como marco referencial a nuestro paÃs, aún asÃ, reconociendo el amplio mosaico de diversas subculturas que conviven dentro de nuestro suelo. Fundamentalmente será reflexionar acerca del conflicto que nos plantea a nosotros -creyentes-, la llegada del reinado de Dios en vista de las distintas demandas de este tiempo, y particularmente, en esta era de marginalidades humanas. ¿Qué tiene que ver la llegada del reinado de Jesús en lo que hace a al presencia de la iglesia, su comunidad, en medio de esta tierra nuestra y todo lo que aquà sucede? Esto es, dicho de otra forma, el reinado de Dios y nosotros y los otros.
El compromiso cristiano con los marginados es una romántica utopÃa.
Ya no se habla tanto de este tema. Se fueron acallando despaciosamente las voces que en épocas pasadas clamoreaban sobre las contradicciones sociales, las injusticias, el hambre, la revolución.
SÃ, se decÃa mucho en los años 60 y 70 sobre la construcción de un reino de justicia que contemple preferentemente la inclusión e integración de los explotados, los pobres, los marginados. Aquellos eran tiempos de discursos utópicos, transformadores, sumamente ideologizados, progresistas.
El discurso revolucionario le dejó espacio, por numerosas razones, a uno diametralmente distinto. Hoy se habla de pragmatismo, de la caÃda de los muros, de la muerte de las ideologÃas, del acabose de las utopÃas.
El sistema global, desde los centros de poder, reconoce la victoria capitalista-liberal y entonces se explica, al no haber ya ideologÃas en pugna, que la historia ha terminado. Hemos arribado, se asegura, al “fin de la historia”. Todo ámbito cultural que se precie necesita hoy, a fÃn de no correr el riesgo de ser estigmatizado por anticuado, por nostálgico, por romántico, sostener la finalización de la modernidad.
Ahora es tiempo de posmodernidad, porque se supone que todo está como está y que cada vez estará más como está. Desde ya que la vida es vivida en y por los paÃses centrales, y que ya no hay espacio para más. Pienso ahora en la afirmación casi dramática de un teólogo peruano, cuando sostuvo que hacer teologÃa en América Latina es “hacer teologÃa desde el reverso de la historia”.
Pero antes de que todo esto nos conduzca a un desvÃo, necesitamos preguntarnos: Si las utopÃas han muerto, si ya no quedan ideologÃas en pugna, si la historia ha terminado y nosotros -geo-polÃtica y culturalmente- hemos quedado afuera de la historia, del sistema ¿Qué pasa con el reinado de Dios? ¿Qué pasa con nosotros? ¿Qué pasa con los marginados, con los ausentes de la historia? Entremos de una vez en nuestro tema.
I. DIOS HA COMENZADO REINAR EN LA HISTORIA. (Isaias 52.7)
Ya en los anuncios proféticos notamos que la intención misteriosa de Dios en relación al futuro tiempo mesiánico, no era tan velada. Dios empezaria a reinar. Esa es la expectativa descriptiva, por ejemplo en IsaÃas: “¡Dios ya reina!”. Este es el mismo sentido y propósito que cuando Jesucristo comienza su ministerio; por el relato de Marcos (1:14) nos enteramos que, puesto que el reinado de Dios ha empezado, se hace necesario arrepentirse y obedecer.
Esta es, dirÃamos, la sÃntesis del mensaje de Jesús: una convocatoria a creer y a convertirse porque el reinado de Dios ya es una realidad. El arrepentimiento, la fe, la conversión, el cambio de actitud, el abandono de criterios viejos, la adopción de valores nuevos, la obediencia al SeñorÃo de Jesucristo, son categorÃas bÃblicas que confirman y componen una sola realidad indivisible. En otras palabras, el contenido del Reino contempla una conversión, contempla un llamado al cambio entero. Esto implica una integralidad de todas las dimensiones de la existencia. Nada queda, luego de aceptar la convocatoria del Rey, que no deba ser replanteado desde la perspectiva de la ética del reinado de Dios.
a. La ética cristiana es una realidad que ya ha sido vivida.
Esta es la enorme diferencia frente a cualquier otra ética. La ética del reinado no es una idealización de la vida humana. No pone toda la expectativa en un futurismo divorciado del presente. No es un ideologización elitista que deja fuera a los no iniciados. Es una convocatoria a un estilo de vida que ya ha sido posible. Es una ética posible. Ha sido vivida por el Rey que se hizo siervo. No es una declamación que brota de cálculos o construcciones abstractas. Es una realidad posible ya que tiene un punto de partida en el escenario de la historia y en la experiencia humana. Tiene historicidad y humanidad, la vida humana del Dios que se hizo hombre.
b. Jesucristo vivió una vida normativa.
La ética ya vivida del reinado reside en la vida misma de Jesucristo. Y Jesucristo es para la comunidad de sus discÃpulos el Señor y el maestro que marcó las normas, el modelo de la nueva humanidad bajo el signo del reinado, el inspirador del nuevo estilo de vida, el referente de cada discÃpulo.
c. del reinado está orientada hacia los demás.
Jesucristo, Señor y Salvador, vivió una vida especÃfica. Su acción redentora es a la vez el punto inaugural de una comunidad humana convocada a vivir de acuerdo a su fundador, en lÃnea con sus enseñanzas. Y Jesucristo fue -como sostuvo Dietrich Bonhoeffer- “el hombre para los demás”. De Jesucristo en adelante el pueblo de Dios ya no vivirÃa para sà mismo, sino que deberÃa ocuparse de los demás.
El estilo de Jesucristo nos conmina a dejar el egocentrismo rÃgido de nuestra existencia, para torcer el interés de nuestra vida y el sentido de nuestra fe hacia la búsqueda del otro, en términos de amor y aceptación, de servicio y solidaridad, de paz y compromiso.
d. Situémonos donde nos corresponde.
Hemos sido convocados a vivir considerando seriamente la situación y condición integral de los demás.
Nuestra consideración al respecto debemos realizarla sin obviarnos, o sea, sin obviar nuestra condición de ser “los otros de Dios”. Hemos sido, somos, el otro de Dios y el camino que Dios recorrió fue el amor y la entrega. Asà como hemos sido considerados, asà debemos considerar.
Ahora que nos ha convocado el Señor a vivir bajo el reinado, sepamos que el camino por delante que nos lleva hacia el otro pasa por el sacrificio, el amor, y la entrega. No la entrega fantasiosa e inmadura de una caricatura expiatoria, sino el compromiso de una vida que reflejó los valores del reinado.
Diferenciando entre el servilismo y el servicio cristiano, disponernos a la única vida cristiana posible: aquella que incluye la posibilidad del sufrimiento, porque el amor es sufrido.
II. LA REALIDAD: EL UNICO TERRENO DE LA MISION
CRISTIANA
Los últimos 20 años han empeorado dramáticamente la realidad que nos envuelve, nos involucra, y a la que pertenecemos.
La marginalidad en todas sus patéticas expresiones se ha agigantado de manera notable: pobreza y miseria, prostitución y delincuencia, drogadicción y muerte, desesperanza y escepticismo. Basta dar una ojeada a la realidad para encontrarse cara a cara con lo que hoy, se denomina desde los medios como los bolsones de miseria. Un eufemismo para omitir el nombre y el apellido de los que sufren en la carne y en el alma la decadencia más honda que le ha tocado vivir a nuestra tierra. Infinidad de personas para quienes la vida está vaciada de significado.
Ha caÃdo la ayuda social y sanitaria, ha caÃdo la educación y ha decrecido gravemente la solidaridad social y popular, incluso la estatal. Ha aumentado la desconfianza hacia el otro, la indiferencia hacia el que sufre, la insensibilidad hacia el que no tiene recursos.
a. Dios nos llama a volver al otro.
La encarnación de Jesucristo no nos deja espacios para desencarnarnos de la realidad que nos involucra. Debemos volver al otro, que detrás de su categorización de marginal, sea la que sea, tiene un rostro humano, una identidad. El otro, ser humano, es lo más parecido a Dios que encontraremos en la creación, a pesar de su pecado, de su angustia, de su rebeldÃa, de su marginalidad.
Debemos volver al otro si queremos ser fieles de verdad ante Dios.
Pese a los cantos de sirena de la religión caricaturesca aliada al sistema, al mundo, no hay lugar en el evangelio para una religiosidad gerencial que marque una lÃnea divisoria entre el pueblo de Dios y los marginados de la vida. Jesús no nos lo autoriza. El anduvo en medio de marginados.
Montó su comunidad sobre las bases de personas marginadas:
celotes, mujeres, cobradores de impuestos, leprosos, ciegos,
niños, pobres, prostitutas, gentes de oficios relegados, todos
ellos fueron su gente, sus seguidores, sus discÃpulos. ¿Qué
significará hoy continuar con su modelo?
b. Basta de atajos.
A menudo, muy equivocadamente, pensamos que con “especialistas” o con “programas de ayuda social” cubriremos nuestra cuota de responsabilidad. El amor por quienes más necesitan forma parte de la médula central de la tarea del pueblo de Dios, es la naturaleza misma de la iglesia. El amor por los que más necesitan pertenece a la raÃz de la misión de la iglesia, porque el contenido del evangelio del reinado de Dios es la obediencia. Y la misión de la iglesia ha sido, es, y será: vivir el evangelio.
LLENA DE FRIO
Como los viejitos tirados
en los bancos de Retiro,
Como los locos que no volverán
ya de sus desvÃos,
Como los pibitos que en la villa
muerden el hastÃo.
Asà está hoy mi alma,
llena de frÃo.
Pero, por Dios
que ha venido,
Por Dios,
ando, prosigo.
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El Reino de Dios
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