por JOSE YOUNG
SEGUN LAS ESCRITURAS, todos los que somos de Cristo Jesús, también somos ciudadanos del reino de Dios. No es algo que hemos elegido, sino que en la sabiduría de Dios, el cambio de ciudadanía es un resultado de nuestra conversión (Col 1.13 y Fil 3.20).
Esto quiere decir que somos extranjeros, o como dice Pedro, extranjeros y peregrinos (1 P 2.11). Somos parecidos a los que el autor de la carta a los Hebreos describe como “…andan en busca de una patria… deseaban una patria mejor…” (He 11.14,16). Porque este mundo no es el reino de Dios. Peor, aún está bajo la autoridad de un usurpador (Jn 12.31, 14.30). Vendrá el día cuando nuestro Dios pondrá todas las cosas en orden, y someterá este mundo bajo la autoridad de su Hijo. Pero mientras tanto, estamos en el extranjero.
Un “extranjero” es simplemente uno que no es del lugar. Y la palabra traducida “peregrino” significa vivir en un lugar extraño, lejos de su propia gente. Puede ser que el extranjero esté bien adaptado a la tierra donde vive, a tal punto que la gente no se da cuenta que es extranjero. Pero lo es. Su ciudadanía verdadera es otra.
¿Qué decimos de nosotros, entonces? Pedro dice que somos extranjeros, pero… creo que la mayoría nos engañamos. Vivimos tal cual todos nuestros vecinos. Pensamos en nuestra participación en el reino como algo “tal vez… en el futuro”. Realmente, la única diferencia entre la mayoría de nosotros y los demás es que somos algo más “religiosos”.
Pero, ¿es necesario ser diferente? Si tomamos en serio al Nuevo Testamento, sí. Pasaje tras pasaje dice que debemos hablar de una manera diferente (Col 4.6), trabajar de una manera diferente (Col 3.23), ser diferente en actitud (Ro 12.2), en responsabilidad (1 Co 4.2), etc. Tomando prestado el título del libro de Stott, debemos ser una “contracultura cristiana”.
Aunque en ésto (como en todo), hay un extremo negativo. No es suficiente llenar el vocabulario con “Aleluya” y “Gloria a Dios”. Es fácil caer en una religiosidad exagerada que nos transforma en personas raras, pero no necesariamente representantes del reino de Dios. Tal “espiritualidad” no convence, y muchas veces huele a pretensión.
La pregunta es, entonces, ¿cómo llevar una vida que sea representativa del reino? Pedro en su primera carta sugiere dos pautas:
Primero, en 1 P 1.15-17 dice que debemos vivir una vida santa durante toda nuestra peregrinación (versión Reina-Valera). Es decir, que debemos ser honestos, aun cuando nadie se dé cuenta. Si la cajera te da cambio de más, ¿qué haces? ¿Lo devuelves, o lo metes en el bolsillo? Debemos trabajar bien, aun cuando el patrón no esté mirándonos (Col 3.22). Debemos decir la verdad, aun cuando no haya posibilidad de que nos descubran en una “mentira piadosa”. Porque si no vivimos así, ¿qué diferencia hay entre nosotros y los “paganos”?
Es que la persona santa vive a la sombra del Altísimo. Vive consciente de la presencia del Espíritu Santo en su vida, y teme ofenderlo de alguna manera. El extranjero nunca se olvida de su verdadera patria y de su soberano. Siente profundamente que ésta no es su tierra, y como consecuencia, se purifica a sí mismo. Dios no nos promete la santidad como un premio para el futuro; la exige ahora.
Luego, 1 P 2.11,12 sugiere que debemos ser ejemplos. Somos el primer contacto que la mayoría de la gente tiene con el reino de Dios. Deben ver dibujados en nuestro estilo de vida imágenes de nuestra verdadera patria, y no reflexiones de ellos mismos. Lamentablemente, a veces dicen “si ese es evangélico, no me interesa”.
Existen modelos, pero no son comunes. Son esas personas que disminuyen su nivel de vida más bajo de lo que pueden, para así invertir dinero en los proyectos de Dios. Apagan la TV para dedicar tiempo a la Biblia y a otras personas. Utilizan sus posesiones al servicio de otros.
Son… diferentes, porque son extranjeros y peregrinos en obediencia a Dios.
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