(Filipenses 3.20)
por NELLY MERCADAL DE CANAVOSO
Nada de aquí abajo es profano para aquellos que saben cómo contemplarlo. Por el contrario, todo es sagrado”. Teilhard de Chardin
Me acostumbré a llevar en mi billetera la libreta cívica. No sé por qué. Vivo en una ciudad donde muchos nos conocemos. Pero firme en mi hábito hago hasta los mandados con mi documento de identidad. Me puse a pensar en ello y deduje que como ciudadana argentina llevo conmigo la identificación. Nunca nadie me la pidió en la calle, pero no importa. Va conmigo.
También me puse a pensar en mis actos como ciudadana y de mis derechos políticos. Me siento protagonista de todo lo que ocurre. Participo en lo que está a mi alcance.
Pero como ser humano, como persona, soy una estructura y como tal soy ciudadana del reino de Dios.
No puedo dividirme en una ciudadana terráquea y una ciudadana celeste.
Soy una persona indivisible, que tiene necesidades biológicas, pero que aspira a una vida tal que se note que camino rumbo al reino de Dios.
Me gusta ser humana, pese a todas las fragilidades y me gusta este lugar legítimo que tengo en la tierra, y en este universo, pero no quiero olvidar mi otra ciudadanía en la que el reloj del tiempo no tendrá sentido.
Es bueno poder extender la mano y tocar todo lo que hizo Dios, las flores, las frutas, ¿no es acaso como tocar a Dios?
Cada obra de arte es una parte del artista y qué de lo que soy y me rodea como obra creadora de Dios.
A veces, los terráqueos tememos ver a Dios en cada amanecer, en cada semilla que germina, en cada niño que nace, en cada gota de lluvia, en cada pájaro, en cada árbol que nos da su sombra. Yo veo a Dios cada día y él me ve a mí.
Mientras a veces camino por caminos polvorientos, Dios no se olvida de mi doble ciudadanía. No se necesita suficiencia filosófica para captarlo.
¿Quién duda acaso que Teresa de Calcuta es una ciudadana del reino de Dios? ¿Quién como ella comprende a los más pobres entre los pobres? Me uno a su fe y digo con ella:
“Una noche tuve un sueño.
Soñé que estaba caminando en la playa con el Señor.
Y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida.
Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena.
Noté que muchas veces en el camino de mi vida
había un solo par de pisadas en la arena.
Noté, también, que eso sucedió en los momentos
más difíciles y angustiosos de mi vida.
Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor:
Señor, Tú me dijiste que cuando yo resolví seguirte
Tú andarías siempre conmigo todo el camino.
Y sin embargo vi que en los peores momentos
de mi vida, había un solo par de pisadas…
No comprendo cómo me abandonaste, Señor,
cuando yo más te necesitaba… Y el Señor respondió:
“Mi querido hijo: yo te amo.
Y jamás te dejaría en los momentos de sufrimiento.
Cuando viste en la arena solo un par de pisadas
fue justamente allí, cuando yo te cargué en mis brazos”…”
Distinguidos lectores, tomando las palabras del Salmo 19.14 digo: “Sean aceptables a tus ojos mis palabras y mis pensamientos, oh Señor, refugio y libertador mío.”
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El Reino de Dios

