¡Cuántas cartas mandamos y cuantas dejamos de enviar! Pero este versículo se refiere a mi vida y a la tuya, la carta donde todos pueden leer.
Esta carta es la que escribimos día tras día, en nuestro hogar, con nuestros vecinos, con los desposeídos.
Esta carta se terminará de escribir cuando Dios nos llame a su presencia.
Es momento de hacerlo y en serio. Recién comienza el primer mes de 1991 y bien vale la pena que lo que otros lean en nuestra vida sea de una vida cristiana.
El lenguaje es universal, las palabras, acciones, pensamientos, creaciones, tendrán que ver directamente con lo que brota de nuestro interior.
Aquí no podrás usar el doble mensaje, que tantos manipulan. Empecemos a decir las cosas por sus nombres, a vivir cada día como si fuera el último, a disfrutar de lo que tenemos, a dar de lo que somos y no de lo que nos sobra.
Cuando estás en la calle, los otros leen la carta que llevas impresa en tu vida, ¿te preguntaste qué leen? o temes la respuesta. Me lo pregunté.
Esta carta la escribimos todos. No importa la edad, si somos analfabetos o doctos, si tenemos poco o nada, si somos rubios o morochos, sanos o enfermos, altos o bajos.
Anímate. Recíen comienza el año. Escribí en la ella todo lo bueno que brota de tu amor en Cristo y serás una carta digna de ser leída por tu Dios y por tu prójimo.
Anímate. El no gusta del doble mensaje. Sé auténticamente vos, aunque te cueste y duela, y el “dolor sea un momento muy largo”.
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