por CARLOS BAZARRA
YA ESTAN LAS SEÑORAS frunciendo el ceño: "¿Qué es eso de hermana polilla? ¿A ese bichito descarado que no hay quien pueda con él, devorando chaquetas, bufandas, jerseys y todo lo que atrapa por delante, lo llama usted hermana polilla?¡Vamos, anda… !"
Y corran ustedes, ahora que hablamos de la polilla, a ver si tienen suficiente reserva de naftalina. Y en la primera ocasión póngase a sacudir por el balcón la ropa guardada en armarios y baúles.
Decididamente, la polilla no les cae simpática. Y ella, la pobre, sin enterarse de la mala voluntad de ustedes, roe tan feliz.
Y a pesar de todo, señoras amas de casa, la polilla es buena. Y Dios la ama. Si no la amara, no la hubiera creado. Y recuerden ustedes que después de la creación vio Dios que todo era bueno.
Pero no se enfaden conmigo. Ella ama la vida. Y lucha con todas sus fuerzas por sobrevivir. ¿Qué culpa tiene ella de necesitar alimentarse? ¿No nos comemos nosotros buenas chuletas cuando las pillamos por delante? Pues, la polilla se conforma con menos, esa es la verdad.
La hermana polilla es buena y el Señor se fija en ella para darnos una lección de vida eterna:
"No atesoréis en la tierra, donde la polilla y el orín corroen… Atesorad más bien en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corroen" (Mateo 6.19-20).
Y fíjense ustedes que el Señor no reprende a la polilla ni le echa a ella la culpa. La culpa la tenemos nosotros por atesorar en la tierra. Es una auténtica manía que nos ha entrado a los seres humanos por amontonar y atesorar, pensando en no sé qué tiempo futuro.
Y el buen Dios, que previó esta nefasta manía del hombre de confiar más en sus ahorros que en la providencia divina, tuvo que discurrir un medio para equilibrar las fuerzas de la naturaleza e inventó a la hermana polilla que a la chita callando, se encarga de que parte de esos tesoros se conviertan en polvo. Y así nosotros que ya estábamos pensando en presumir con nuestros cuatro trapitos, nos llevamos un berrinche de campeonato al contemplar desesperados nuestras ropas apolilladas.
Está bien que las señoras compren naftalina y declaren una guerra sin cuartel a las polillas. Está bien que aireen la ropa. Pero mucho mejor es el consejo del Señor: "No amontonéis ni atesoréis en la tierra, atesorad para el cielo". Allí no habrá que gastar en bolas de naftalina ni otros productos contra la polilla. No habrá polilla, o si la hay, no se dedicará a roer trapos.
Y sobre todo, nuestro corazón no se apolillará. Que es lo más importante, porque el que se estropee la ropa, pase, pero que nuestro corazón se llene de agujeros, sería fatal. Que la hermana polilla conserve intacto nuestro corazón para Dios.
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