Por MIGUEL ANGEL ZANDRINO
Toda otra esperanza queda oscurecida por la luminosa perspectiva
de la segunda venida de Cristo. Con ella el día del Señor, que
comenzó a cumplirse cuando Jesús dijo: "El tiempo se ha cumplido,
y el Reino de Dios se ha acercado" (Mr.1:15), llegará a la
plenitud de su consumación. Se precipitarán los acontecimientos
del fin y serán realidades las más sublimes aspiraciones de los
creyentes.
"Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo
que hemos de ser, pero sabemos que cuando él se manifieste,
seremos semejantes a él, porque le veremos como él es. Y todo el
que tiene esta esperanza es él se purifica a sí mismo, así como
él es puro" (1 Jn. 3:2-3).
"Sí creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios
con Jesús a los que durmieron en él. ¿Por lo cual os decimos esto
en Palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos
quedado hasta la venida del Señor, no procederemos a los que
durmieron, porque el mismo Señor con voz de mando, con voz de
arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los
muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que
vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente
con ellos en las nubes, para recibir al Señor en el aire, y así
estaremos para siempre con el Señor (1 Ts.4:4-17).
Puede que cuando ocurra este supremo acontecimiento a nosotros
nos toque estar aún vivos en la tierra, y presenciar la escena.
Pero todo ocurrirá con tal rapidez, que apenas si podremos
apreciar la secesión del tiempo. ¿Los que no hayamos muertos
escucharemos la trompeta final de Dios? Pareciera que ésta sonará
como la orden de resurrección de los muertos, y esta se
producirá en un abrir y cerrar de ojos. De manera que quienes
habrán resucitado estarán ascendiendo, mientras los que quedamos
sentiremos el profundo estremecimiento que representará el cambio
que se produce en nuestra naturaleza de carne y hueso, al ser
transformada en el cuerpo de Gloria como el del Señor resucitado.
¡Que experiencia! Con la nueva naturaleza ascender hacia el
Señor, será como un acto natural. Si pudiéramos mirar atrás al
mundo que dejamos, seguramente que todo nos parecería desprovisto
de atractivo, insignificante, en contraposición a la
resplandeciente gloria del mismo Señor a quien veremos.
Precisamente, ejercitarnos en esta esperanza, nos habrá de
purificar de todo atractivo que aún siguen teniendo en nosotros
las cosas del mundo: los autos, las casas, la cuenta bancaria,
las posesiones terrenales, pues recordaremos que las cosas que se
ven son temporales, mas las que no se ven son eternas. Podremos
nuestro corazón en los tesoros de arriba, y no nos haremos tantos
tesoros en la tierra.
Y tendremos por cierto que las aflicciones
del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que
en nosotros habrá de manifestarse.
¡Estaremos para siempre con el Señor! Aquí en el mundo hay cosas
buenas, pero nada es perfectamente bueno, porque todo llega a su
fin lo mejor que podemos disfrutar aquí se termina. Pero estar
con Cristo es entrar al Reino en donde el tiempo no fluye más. Es
claro, todo esto representa para nosotros una imposibilidad de
representarnos las glorias que nos esperan, ya que nuestra mente
solamente es capaz de pensar en función de tiempo y espacio.
No
pretendemos entonces aquí hacer otra cosa que mantener viva la
esperanza de ver pronto al Señor en su venida, y llegar a ser
como él. Ocurrirán muchos eventos en este fin que se aproxima,
pero lo que llena toda nuestra expectativa, es ver al Señor y
llegar a ser como él.
Estaremos para siempre con él en la nueva tierra. Dios morará con
los hombres "y ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con
ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de
ellos: y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor,
ni dolor, porque las cosas primeras pasaron" (Ap.21:3-4).
Porque la obra de Jesucristo tiene una dimensión cósmica, su
redención abarca toda la creación, todo el universo: "Agradó al
Padre que en él habitase toda la plenitud, y por medio de él
reconciliar todas las cosas, así las que están en la tierra como
en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de la cruz"
(Col.1;19-20).
"Porque el anhelo ardiente de la creación es
aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la
creación fue sujeta a la vanidad, no por su propia voluntad, sino
por causa del que la sujetó a esperanza; porque también la
creación misma será libertada de la esclavitud, de corrupción a
la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que
toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto
hasta ahora; y no sólo ella sino que también nosotros mismos, que
tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos
dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de
nuestro cuerpo" (Ro.8:19-23).
A esta redención del universo corresponde la esperanza que
también señala pedro al describir una catástrofe de toda la
creación contaminada y condenada por el pecado, cuando dice: "los
cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo
serán desechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán
quemadas.
Puesto que todas estas cosas han de ser
desechadas,¡Cómo no debéis vosotros andar en santa, piadosa
manera de vivir esperando y apresurándonos para la venida del día
de Dios!… Peor nosotros esperamos, según sus promesas, cielos
nuevos y tierra nueva, en los que mora la justicia".
"He aquí yo vengo pronto,
Y mi galardón conmigo,
para recompensar a cada uno
según sea su obra,
El que da testimonio de
estas cosas, dice:
-Ciertamente vengo en breve.
-Amén; sí, ven Señor Jesús.
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