Estimado señor director:
Qué buen tema que eligieron para este número de su afamada revista. Efectivamente… ya dejamos este siglo veinte que inspiró a Discépolo para componer su famoso tango “Cambalache”. Espero que al dejar este siglo también dejemos el cambalache que nos dejó el siglo en nuestras cabezas.
Pero no sólo termina el siglo, en cinco años, también termina el milenio. ¿Se imagina usted que estamos a las puertas del tercer milenio? Quién diría señor director, usted y yo entrando codo a codo a la inauguración del siglo y del milenio ¿no se siente importante? Por ejemplo usted podrá decirle a sus nietos: “en el milenio pasado hice tal o cual cosa…”
Pero vayamos al tema de su revista. La iglesia también está entrando al tercer milenio de existencia. Como usted y yo somos parte de la iglesia, también debemos hacer una evaluación de estos dos mil años.
A veces me cuestiono si los creyentes la hemos tratado bien, sobre todo teniendo en cuenta que somos la amada Esposa de Cristo. Estamos divididos en iglesias, denominaciones y sub denominaciones.
Creo que es tiempo de comenzar a ser un poco más humildes y reconocer dos cosas que nos podrían unir: lo primero es que nadie es dueño absoluto de la verdad, sino que Dios reveló sus verdades con diferentes énfasis a unos y otros y por lo tanto podemos complementarnos al compartir lo que se nos dio. Y lo segundo, reconocer que es mucho… muchísimo más importante lo que nos une que lo que nos separa. Lo que quiero decir es que nos une Cristo, entonces ¿qué importancia pueden tener nuestros humanos argumentos?
Ahora termino esta carta, señor director, y no se me ponga melancólico al dejar el siglo, recuerde que fue problemático y febril.
Su milenario amigo,
Desiderio
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