Por DAVID SOMMERVILLE
Deber, compromiso, obligación; alrededor de este concepto giraba
en tiempos pasados, la vida de los hombres y de la sociedad. Más
importante aún, es el concepto que, según la Palabra de Dios,
debe regir la vida del hombre de Dios.
La sociedad permisiva de nuestro siglo le da poca importancia. Al
contrario, lo considera como anticuado, cosa de viejos. Las
actuales normas para la conducta son el placer, la conveniencia y
la comodidad. Se habla mucho de nuestros derechos, pero poco de
los compromisos que tenemos para con Dios, el prójimo y la
sociedad.
Esta nueva mentalidad es sumamente peligrosa para el cristiano
porque destruye en nosotros lo que significa ser cristiano y
servir a Dios. En el centro de la vida del creyente está Jesús
como Señor, y la esencia de la vida de salvación es el "Sí,
Señor". Es urgente que volvamos al sentido del deber como la meta
y el móvil de nuestra vida como individuos familias e iglesia.
El deber es saber lo que debemos hacer, y hacerlo. Hacerlo no
necesariamente porque nos guste, porque nos convenga ni porque
nos resulte cómodo, sino simplemente porque lo tenemos que
hacer. Y lo tenemos que hacer porque el Señor nos lo ha mandado.
La Biblia estás llena de imperativos:
"amad","obedeced","pensad",
"sentid","id"; imperativos sobre cómo pensar, cómo hablar, cómo
tratar al prójimo, cómo agradar a Dios. Dios no deja estas cosas
a nuestro criterio; nos manda que cumplamos, sin cuestionar, sin
titubear, y con alegría, porque somos siervos -"esclavos"- del
Señor Cristo.
Ser maduro es estar convencido de nuestro deber, y luego
disciplinarnos para cumplir con él. Hacemos lo que tenemos que
hacer, no importa qué hagan los demás ni qué comenten de lo que
nosotros hacemos. No dejamos que otros nos lleven, ni nos
conformamos a ellos. Nos conformamos solamente a Jesucristo y a
sus mandatos. Actuar con libertad es actuar dentro del plan del
deber de Dios para nosotros. la libertad sin este hondo sentir de
obligación se convierte en libertinaje; y muchísimos de los males
de la sociedad de nuestros días incluyendo la sociedad cristiana,
tienen sus raíces en esta confusión entre la libertad responsable
y el libertinaje.
La Palabra de Dios nos exhorta a dejar la inmadurez -la leche de
la niñez- y crecer (Hebreos 5:11 6:2); a dejar la inestabilidad
de los que no saben a qué apuntar y cómo evitar ser desviados
Efesios 4:13-15; a poner los ojos en el blanco y concentrar todos
nuestros esfuerzos en llagar a él (Fil.3:7-14). El inmaduro es
llevado de un lado para otro por lo que siente como deseable y
conveniente en el momento.
Cada vez que le toca tomar una
decisión, mira dentro de su propio yo de ese instante para
encontrar la respuesta, en lugar de tener delante de sus ojos la
meta objetiva de su obligación para con Dios, a la cual debe una
obediencia incondicional para con Dios, a la cual debe una
obediencia incondicional e incuestionable. El hombre maduro obra,
no según los dictados de su yo ni como reacción a lo que hacen y
piensan los demás, sino porque sabe lo que tiene que hacer, lo
que su deber a Dios y a su prójimo le exige. No procura
justificarse con el "todo el mundo lo hace", "no puedo ser
diferente", "soy humano", "tengo mi genio", "no tengo ganas", y
tantas otras frases que escuchamos a diario, eludiendo así su
responsabilidad.
La Palabra de Dios nos manda que seamos diferentes. El Sermón
del Monte describe una vida que va en contra de la corriente. La
predicación y la vida de la cruz son una locura para quien no
esta comprometido con Dios (1 Co.1:18:31). Sentir este compromiso
significa que no gozaremos de la popularidad y a veces hasta
nuestros hermanos no nos comprenderán. Ser maduro es seguir
adelante, pensando lo que Dios nos manda que hagamos, cueste lo
que cueste y digan lo que digan. No nos agrada ir en contra de
otros, ni buscamos problemas. Todo lo contrario; en cuanto
dependa de nosotros, procuramos vivir en paz con todos los
hombres. Pero hay una sola cosa que determina nuestro camino: el
compromiso, la obligación, el deber que tenemos para con nuestro
Señor.
Tenemos que disciplinarnos al deber, y a la madure se alcanza de
acuerdo al grado de esa disciplina. Una criatura recién nacida no
sabe dominarse en ningún sentido; alguien debe atenderla en todas
sus necesidades. Pero va creciendo, y poco a poco aprende el
dominio propio, primero en la parte física, después en lo mental
y espiritual. Y cuando llega a adulto, se espera que sepa
funcionar como un ser independiente, sabiendo elegir entre lo
correcto y lo incorrecto y aplicando esa elección a lo que dice y
hace. El hombre maduro sabe cuál es su deber, y se disciplina
para poderlo cumplir. "Golpeo mi cuerpo -dice Pablo- y lo pongo
en servidumbre", para poder correr, luchar y ganar el premio de
Dios (1 Co.9:27).
No sigamos la corriente del mundo, la corriente de la comodidad,
la conveniencia y el placer. Estamos comprometidos con Dios, y
disciplinémonos estrictamente -en el desarrollo y empleo de
nuestras capacidades físicas, mentales y espirituales y en el uso
de nuestro tiempo y de nuestros bienes- para cumplir con ese
deber. Inculquemos este sentido del deber en nuestras familias y
en nuestras iglesias, con el ejemplo de nuestras propias vidas.
Dejemos de ser niños inestables y mimados. Seamos hombres y
mujeres de Dios, fuertes y constantes. Seamos cristianos maduros.
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