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La oración, su poder y sus efectos

Por Alexis Carrel

El autor, quien vivió por muchos años en Alta Gracia, localidad

serrana de la Provincia de Córdoba, Argentina, fué Premio Nobel

en 1912. Médico y Fisiólogo Francés (l873-1944), realizó

investigaciones sobre el transplante de los tejidos. Autor de un

libro universal: “La incógnita del hombre”.

En diciembre de 1940, escribió en inglés, para la revista

americana “Reader’s Digest”, un artículo sobre el poder de la oración. Ese artículo fue publicado a principios de 1941, después

de haber sido reducido y retocado por uno de los editores.

Enseguida, fue traducido al francés, probablemente en Suiza, y

apareció en el “Journal de Genéve”. Más tarde, volvió a ser

publicado en Francia en dos números de la “Semaine Religieuse”.

Fue entonces que el autor tuvo conocimiento de esa traducción y,

no estando satisfecho con ella, resolvió escribir, en los

primeros días de enero de 1942, un nuevo ensayo sobre la oración.

El autor no es un teólogo ni un filósofo. Se expresa en el

lenguaje corriente y emplea las palabras en su acepción vulgar;

sin embargo, a veces, las usa en su significado científico.

Pide, por tanto, a los teólogos, que usen para con él la misma

indulgencia que él usaría para con esos mismos teólogos si

tuviesen que tratar cualquier asunto referente a la fisiología.

Este estudio de la oración es un resumen, extremadamente breve,

de una innumerable cantidad de observaciones recogidas en el

transcurso de una larga carrera pasada junto a personas de todas

las condiciones.

Por otra parte, su experiencia de cirujano, de médico y de

fisiólogo, lo mismo que los estudioso de laboratorio a que

durante años se entregó, sobre la regeneración de los tejidos y

la cicatrización de heridas, permitiéronle apreciar, en su justo

valor, ciertos efectos curativos de la oración.

Puede parecer inútil hablar de la oración en estos tiempos, y más

aún al hombre moderno, pero ¿no será indispensable que conozcamos

todas las actividades de que somos capaces? De hecho, no podemos

dejar ninguna de ellas inutilizadas, sin correr un grave peligro

para nosostros y para nuestros descendientes. La atrofia del

sentido de lo sagrado se nos figura tan perjudicial como la

atrofia de la inteligencia.

Estas líneas, dirígense, por tanto, a todos: a los creyente y a

los que no creen. La vida, para desarrollarse con éxito, impone a

todos las mismas obligaciones y exige que todos procedamos en

armonía con nuestra estructura corporal y mental. Por esa razón

nadie debe ignorar las necesidades más hondas y más sutiles de la

naturaleza humana.

INTRODUCCION

A nosotros, -hombres de occidente- la razón nos parece muy

superior a la intuición; preferimos grandemente la inteligencia al sentimiento.

La ciencia irradia, al paso que la religión se

extingue. Seguimos a Descartes y abandonamos a Pascal.

De este modo, procuramos en primer lugar cultivar nuestra

inteligencia. En cuanto a las actividades no intelectuales del

espíritu, tales como el sentido moral, el sentido de lo bello y,

sobre todo, el sentido de lo sagrado, son despreciadas en forma

casi completa.

La atrofia de estas actividades fundamentales convierte al hombre

moderno en un ser completamente ciego, y esa enfermedad no le

permite ser un buen elemento constitutivo de la sociedad. Y, a la

mala calidad del individuo, debemos atribuir el desmoronamiento

de nuestra civilización.

De hecho, lo espiritual se hace tan necesario para el éxito de la

vida, como lo intelectual y lo material. Es, por tanto, urgente,

el hacer renacer en nosotros mismos aquellas actividades mentales

que, más que la inteligencia, dan fuerza a nuestra personalidad.

Y la más ignorada de entre ellas, es el sentido de lo sagrado o

sentimiento religioso.

El sentido de lo sagrado se expresa, sobre todo, por la oración.

La oración, como el sentido de lo sagrado es, evidentemente, un

fenómeno espiritual. Pero encontrándose el mundo espiritual fuera

del campo de nuestras técnicas, ¿cómo debemos, entretanto,

adquirir un conocimiento positivo de la oración?

Felizmente, el dominio de la Ciencia abarca la totalidad de lo

que es observable y puede, por intermedio de la fisiología,

extenderse hasta las manifestaciones de lo espiritual.

Así, es por la observación sistemática del hombre que reza, que

nosotros podemos aprender en qué consiste el fenómeno de la

oración, la técnica de su producción y sus efectos.

I DEFINICION DE LA ORACION

La oración parece ser esencialmente una tensión del espíritu

hacia el substractum inmaterial del mundo. De una manera general,

consiste en una queja, un grito de angustia, un pedido de

socorro, y, a veces, se convierte en una serena contemplación del

principio inmanente y trascendente de todas las cosas.

Podemos igualmente definirla como una elevación del alma hacia

Dios, o como un acto de amor y adoración para con Aquél a quien

se debe esta maravilla que se llama vida.

De hecho, la oración representa el esfuerzo del hombre para

comunicarse con un ser invisible, creador de todo lo que existe,

suprema sabiduría, fuerza y belleza, padre y salvador de cada uno

de nosotros.

Lejos de consistir en una simple recitación de fórmulas, la

verdadera oración representa un estado místico en que la

conciencia se absorve en Dios. Este estado no es de naturalea

intelectual y, por eso permanece inaccesible para los filósofos y

los sabios; del mismo modo que el sentido de lo bello y del amor,

no exige ningún conocimiento libresco.

Las almas simples sienten a Dios tan naturalmente como sienten el

calor del Sol o el perfume de una flor; pero este Dios, tan

abordable para aquel que lo sabe amar, se oculta para el que no

lo sabe comprender. El pensamiento y la palabra se sienten impotentes para

describirlo. Es por eso que la oración encuentra su más alta

expresión en un arrobo de amor a través de la noche oscura de la

inteligencia.

II COMO SE DEBE ORAR
¿Cómo se debe orar? Aprendemos la técnica de la oración con los

místicos cristianos, desde San Pablo hasta San Benito, y hasta

esa multitud de apóstoles anónimos que, durante veinte siglos,

iniciaron a los pueblos de occidente en la vida religiosa.

El Dios de Platón era inaccesible en su grandeza; el de Epícteto

se confundía con el alma de las cosas y Jahveh era un deporte

oriental que inspiraba terror y no amor. El Cristianismo, por el

contrario, colocó a Dios al alcance del hombre. Dióle un rostro;

hízolo nuestro padre, nuestro hermano y nuestro salvador.

Para alcanzar a Dios ya no hay necesidad de un ceremonial

complejo, ni sacrificios sangrientos. La oración se hizo así

fácil, y su técnica simple.

Para orar, basta solamente un esfuerzo para elevarnos hacia Dios;

tal esfuerzo, sin embargo, debe ser afectivo y no intelectual.

Una meditación sobre Dios, por ejemplo, no es una oración, a no

ser que sea, al mismo tiempo, una expresión de amor y de fe. Y

así, la oración, según el proceso de La Sale, parte de una

consideración intelectual para hacerse luego afectiva.

Sea corta o larga, sea vocal o apenas mental, la plegaria debe

ser semejante a la conversación que un niño tiene con su padre.

“Cada uno se presenta conforme es”, decía un día una pobre

hermana de caridad que hace treinta años dedicaba su vida al

servicio de los pobres. En suma: se ora como se ama; con todo el

ser.

En cuanto a la forma de la organización, varía desde la corta

elevación a Dios hasta la contemplación; desde las simples

palabras pronunciadas por la campesina ante la cruz en un

encuentro de caminos, hasta la magnificiencia de un Canto

Gregoriano bajo las bóvedas de una Catedral. La solemnidad, la

grandeza y la belleza no son necesarias para la eficacia de la

oración. Pocos hombres han sabido rezar como San Juan de la Cruz

o como San Bernardo de Clairvaux, no habiendo necesidad de ser

elocuente para ser atendido.

Cuando se estima el valor de la oración por sus resultados,

nuestras más humildes palabras de súplica y de alabanza son tan

aceptables al Señor de todos los seres, como las más bellas

invocaciones.

Fórmulas recitadas maquinalmente son, también de cualquier modo,

una plegaria. Sucede lo mismo que acontece con la llama de un

cirio. Basta para ello que esas fórmulas inertes y esa llama

simbolicen el arrobo de un ser humano para Dios.

Y también se ora por medio de la acción, pues ya San Luis Gonzaga

decía que el cumplimiento del deber es equivalente a la plegaria.

La mejor manera de comunicarse con Dios es, indiscutiblemente,

cumplir íntegramente su voluntad. “Padre nuestro, venga a nos el

reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en los cielos…”

Y hacer la voluntad de Dios consiste, evidentemente, en obedecer

las leyes de la vida, tales como ellas se encuentran grabadas en nuestros tejidos, en nuestra sangre y en nuestro espíritu.

Las oraciones, que se elevan como una pesada nube de la

superficie de la tierra, difieren tanto unas de otras como

difieren las personalidades de aquellos que rezan. Pero consisten

en variaciones sobre estos dos mismos temas: la amargura y el

amor. Es enteramente justo implorar auxilio a Dios para obtener

aquello de que tenemos necesidad, mientras que sería absurdo

pedir la realización de un capricho, o pedir aquello que debemos

procurarnos con nuestro esfuerzo.

El pedido inoportuno, obstinado y agresivo es bien atendido. Un

ciego, sentado a la orilla del camino lanzaba sus súplicas cada

vez más fuertes, a pesar de las personas que lo querían hacer

callar. “Tu fe te curó”, díjole Jesús que pasaba.

En su forma más elevada, la oración deja de ser una petición. El

hombre declara al Señor de todas las cosas que lo ama, que le

agradece sus favores y que está dispuesto a realizar su voluntad,

sea ella cual fuere. La plegaria se convierte así en

contemplación.

Un viejo campesino estaba sentado sólo en el último banco de una

iglesia vacía. ¿Qué esperas? preguntáronle “Lo contemplo a El”,

respondió el hombre, y “El me contempla a mí”.

El valor de una técnica se estima por sus resultados. Toda

técnica de oración es buena cuando pone al hombre en contacto con

Dios.

III DONDE Y CUANDO SE DEBE ORAR

¿Dónde y cuándo se debe orar? Puede orarse en todas partes: en la

calle, en un automóvil, en un vagón, en el escritorio, en la

escuela, en la oficina. Pero se reza mejor en los campos, en las

montañas, en los bosques o en la soledad del cuarto.

También están las oraciones litúrgicas que se ejecutan en la

iglesia, pero, cualquiera sea el lugar de la oración, Dios no

habla al hombre si éste no se mantiene en estado de calma. La

calma interior depende, al mismo tiempo, de nuestro estado

orgánico y mental y del medio en que nos encontramos sumergidos;

pero la paz del cuerpo y del espíritu es difícil de conseguir en

medio de la confusión, el barullo y la dispersión de las ciudades

modernas.

Hoy en día hay necesidades de lugares destinados a la oración, y

estos son, de preferencia, las iglesias, donde los habitantes de

la ciudad pueden encontrar, aunque sea por un corto instante, las

condiciones físicas y psicológicas indispensables para su

tranquilidad interior.

No sería difícil crear así, unos islotes de paz, acogedores y

bellos, en medio del tumulto de las grandes capitales. En el

silencio de estos refugios los hombres podrían, elevando su

pensamiento a Dios, reposar sus músculos y sus órganos, distender

el espíritu, clarificar el raciocinio y recobrar la fuerza

necesaria para poder soportar la dura vida con que nos abruma

nuestra civilización.

Es sólo haciéndose un hábito, que la oración actúa sobre el

carácter, siendo preciso, por lo tanto, orar frecuentemente.

“Piensa en Dios más veces de lo que respiras”, decía Epicteto. Es absurdo que oremos por la mañana y que, en el resto del día,

nos comportemos como bárbaros.

Pensamientos cortos o invocaciones mentales pueden mantener al

hombre en presencia de Dios, y toda nuestra manera de proceder es

entonces inspirada por la oración.

Así comprendida la plegaria se convierte en una manera de vivir.

IV EFECTOS DE LA ORACION
La oración es siempre seguida por un resultado, cuando es hecha

en condiciones convenientes.

“Nunca hombre alguno oró sin aprender alguna cosa”, escribió

Ralph Waldo Emerson.

Entretando, el rezar es considerado por los hombres modernos como

un hábito caído en desuso, una superstición, o un resto de

barbarismo. Por eso ignoramos casi completamente sus efectos.

¿Cuáles son, de hecho, las causas de esa ignorancia?
En primer lugar, el poco uso de la oración.

El sentido de lo sagrado está a punto de desaparecer entre los

civilizados, siendo probable que el número de los franceses que

oran no supere al 4 ó 5 por ciento de la población.

Además, la oración es muchas veces estéril, ya que la mayor parte

de los que oran son egoístas, mentirosos, orgullosos y fariseos

incapaces de fe y de amor.

Por último sus efectos, cuando llegan a producirse, nos pasan

desapercibidos muchas veces. La respuesta a nuestros pedidos y a

nuestro amor es dada usualmente, en una forma lenta, insensible y

casi ineludiblemente.

La débil voz que murmura esa respuesta en

lo más íntimo de nuestro ser, es fácilmente ahogada por los

ruidos del mundo y los propios resultados materiales de la

oración son oscuros, pues se confunden generalmente con otros

fenómenos. Pocas personas, aún entre los sacerdotes, han tenido

ocasión de observarlos en forma precisa; los mismos médicos, por

falta de interés, dejan sin estudio muchas veces casos ciertos

que se encuentran a su alcance. Por otra parte, los observadores

quedan a menudo desorientados por el hecho de que la respuesta

está, en muchos casos, lejos de ser aquella que se esperaba.

Así, aquel que pide la cura de una enfermedad orgánica continúa

enfermo, pero sufre una profunda e inexplicable transformación

moral.

Entretanto, el hábito de la oración, aunque sea una excepción en

el conjunto de la población, es relativamente frecuente en las

agrupaciones que se mantienen fieles a la religión de los

antepasados. Y es en esas agrupaciones donde es todavía posible

estudiar su influencia. Entre sus innumerables efectos, el médico

tiene oportunidad de observar, sobre todo, aquellos que se llaman

psico-fisiológicos y curativos.

EFECTOS PSICO-FISIOLOGICOS
La oración actúa sobre el espíritu y sobre el cuerpo en una forma

que parece depender de su calidad, de su intensidad y de su

frecuencia.

Es fácil conocer cual es la frecuencia de la oración y, en una

cierta medida, su intensidad; en cuanto a la calidad, se mantiene

desconocida, ya que no poseemos medios para medir la fe y la capacidad de amor de los demás.

Entretanto, la forma en que vive aquel que reza puede darnos luz

con respecto a la calidad de las invocaciones que dirige a Dios.

Aun cuando la oración es de escaso valor y consiste,

principalmente, en la recitación de fórmulas, ejerce un efecto

sobre el comportamiento del individuo: fortifica en él, al mismo

tiempo, el sentido de lo sagrado y el sentido moral.

Los medios donde se ora se caracterizan por cierta bondad para

con los otros. Parece estar demostrado que, en igualdad de

desarrollo intelectual, el carácter y el valor moral son más

elevados entre los individuos que oran, aún en forma mediocre,

que entre los que no lo hacen.

Cuando la oración es habitual y verdaderamente fervorosa, su

influencia se hace mas manifiesta y podemos compararla a la de

una glándula de secreción interna, como, por ejemplo, la tiroides

o suprarrenal. Consiste en una especie de transformación mental y

orgánica que se opera en una forma progresiva.

Diríase que en lo más profundo de la conciencia se enciende una

llama. El hombre se ve tal cual es, pone en descubierto su

egoísmo, su codicia, sus juicios equivocados y su orgullo. Y

entonces, se sujeta al cumplimiento del deber moral, procurando

adquirir la humildad intelectual. Así se abre ante él el reino de

la Gracia.

Poco a poco, va produciéndose en él apaciguamiento

interior, una armonía de actividades nerviosas y morales, una

mayor resignación ante la pobreza, la calumnia y las penurias, lo

mismo que la capacidad de soportar, sin desfallecimiento, la

pérdida de los suyos, el dolor, la enfermedad y la muerte. Por

tal motivo el médico que ve rezar a su paciente, debe regocijarse

por eso, pues la calma proveniente de la oración es una poderosa

ayuda para la terapéutica.

Sin embargo, no debemos considerar a la oración como semejante a

la morfina, dado que la plegaria origina, al mismo tiempo que la

calma, una integración de las actividades mentales y una especie

de floración de la personalidad.

A veces, produce aún el heroísmo

y marca a sus fieles con un sello particular. La pureza de la

mirada, la tranquilidad del porte, la alegría serena de la

expresión, la virilidad de la conducta y, si fuera necesario, la

simple aceptación de la muerte del soldado o del mártir, traducen

la presencia del tesoro que se oculta en lo íntimo de los órganos

y del espíritu.

Bajo esta influencia aún los ignorantes, los retardados, los

débiles y los mal dotados, utilizan mejor sus fuerzas

intelectuales y morales.

La oración, según parece, eleva a los hombres por encima de la

estatura mental que les corresponde de acuerdo con su herencia y

su educación. Este contacto con Dios los impregna de paz. Y la

paz irradia de ellos. Y llevan la paz a todas partes que vayan.

Desgraciadamente, no hay, hoy en día, más que un número ínfimo de

individuos que saben orar de una manera eficiente.

EFECTOS CURATIVOS
Los efectos curativos de la oración, son los que, en todos los

tiempos, han despertado principalmente la atención de los

hombres. Hoy aún, en los medios en que se reza, es corriente oír
hablar de las curas obtenidas gracias a súplicas dirigidas a Dios

y a los santos.

Pero, cuando se trata de dolencias susceptibles

de curarse espontáneamente o con ayuda de medicamentos vulgares,

es difícil saber cuál fué el verdadero agente de la cura. Es

solamente en los casos en que la terapéutica es inaplicable, o en

que la misma no produce efecto, que los resultados de la oración

pueden ser verificados en forma segura.

La repartición médica de Lourdes ha prestado un gran servicio a

la ciencia, demostrando la realidad de esas curas.
La oración tiene, a veces, un efecto que podríamos llamar

explosivo. Hay enfermos que han sido curados casi

instantáneamente de afecciones tales como el lupus£ facial,

cáncer, infecciones renales, tuberculosis pulmonar, tuberculosis

ósea, tuberculosis peritoneal, etc.

El fenómeno se produce casi siempre de la misma manera: un gran

dolor y, en seguida, la percepción de estar curado.
En algunos segundos o, cuando mucho, en algunas horas, los

síntomas desaparecen y las lesiones orgánicas cicatrizan.
El milagro es caracterizado por una extrema aceleración de los

procesos normales de cura. Y nunca tal aceleración fue observada,

hasta el presente, en el transcurso de experiencias hechas por

cirujanos y fisiólogos.

Para que éstos fenómenos se produzcan, no hay necesidad de que el

enfermo ore, pues han sido curadas en Lourdes criaturas que aún

no hablaban y, también personas incrédulas. Alguién, entretanto,

oraba cerca de ellas.

La oración hecha por otro es siempre mas fecunda que la hecha por

la propia persona. De la intensidad y la calidad de la plegaria

es que parece depender su efecto.

En Lourdes los milagros son mucho menos frecuentes de lo que eran

hace cuarenta o cincuenta años, y ello es porque los enfermos no

encuentran aquella atmósfera de profundo recogimiento que allí

reinaba otrora; los peregrinos se han convertido en turistas y

sus plegarias son ineficaces.

Tales son los resultados de la oración de que yo tengo en

conocimiento cierto. Entretanto, al lado de éstos, hay muchos

otros. La historia de los santos, aún de los más modernos, nos

relata muchos hechos maravillosos, y no hay duda de que la mayor

parte de los milagros que les son atribuídos, por ejemplo, al

cura de Ars, son absolutamente verídicos.

Este conjunto de

fenómenos nos conduce a un mundo nuevo, cuya exploración no fue

aún iniciada, pero ha de ser fértil en sorpresas. Lo que sabemos

ya en forma segura es que la oración produce efectos palpables.

Por muy extraño que esto pueda parecer, debemos considerar como

cierto que quien pide recibe y que siempre se abre la puerta a

quien golpea.

SIGNIFICADO DE LA ORACION
En síntesis: todo pasa como si Dios escuchase al hombre y le

respondiese; los efectos de la oración no son una ilusión. No es

necesario reducir el sentimiento de lo sagrado a la angustia

experimentada por el hombre ante lo peligros que lo rodean y el

misterio del Universo. Tampoco será preciso hacer de la oración

una poción calmante, un remedio contra el temor al sufrimiento, a
la enfermedad o a la muerte.

¿Cuál es, por lo tanto, el significado del sentimiento religioso?

Y, ¿cuál es el lugar que la propia naturaleza señala a la oración

en nuestra vida?

Convenzámonos de que ese lugar es muy importante. En casi todas

las épocas, los hombres de Occidente oraban. La ciudad antigua

era, principalmente, una institución religiosa. Por todas partes

los romanos erigían templos y nuestros antepasados de la Edad

Media cubrieron de catedrales y de capillas góticas el suelo de

la Cristiandad. Aun en nuestros días sobre cada aldea se hiergue

un campanario.

Fue por medio de las iglesias, como por las Universidades y por

las fábricas, que los peregrinos venidos de Europa instauraron en

el Nuevo Mundo la civilización de occidente. En el transcurso de

nuestra historia, la oración se convirtió en una necesidad tan

elemental como la de conquistar, de trabajar, de construir o de

amar. De hecho, el sentimiento religioso parece ser un impulso

que brota de los más profundo de nuestra naturaleza,

constituyendo así una actividad fundamental.

Sus variaciones en una agrupación humana están casi siempre

ligadas a las de otras actividades básicas: el sentido moral, el

carácter y, a veces, el sentimiento de lo bello.

Y es esta parte tan importante de nosotros mismos, la que dejamos

de atrofiar y, aún, desaparecer.

Necesitamos recordar que el hombre no puede, sin grave peligro,

dejarse conducir al gusto de su fantasía.

Para que triunfemos, la vida tiene que ser llevada en armonía con

reglas invariables y que dependen de su propia estructura.

Corremos siempre un peligro grave cuando dejamos morir en

nosotros cualquier actividad fundamental, sea ella fisiológica,

intelectual o espiritual. Así, por ejemplo, la falta de

desarrollo de los músculos, del esqueleto y de las actividades no

racionales del espíritu, en ciertos intelectuales, es tan

desastrosa como la atrofia de la inteligencia y del sentido moral

en algunos atletas. Hay innumerables ejemplos de familias

prolíficas y fuertes que no produjeron más que degenerados o que

se extinguieron, después de la desaparición de las creencias de

sus antepasados y del culto de honor. Aprendemos, por una dura

experiencia, que la pérdida del sentido moral y del sentimiento

religioso, en la mayoría de los elementos activos de una nación,

tiene, como resultado, la pérdida de esa misma nación y su

somentimiento al extranjero. La caída de Grecia antigua fue

precedida por un fenómeno análogo. Es evidente, por lo tanto, que

la supresión de actividades mentales exigidas por la naturaleza

es incompatible con el éxito de la vida.

En la práctica, las actividades morales y religiosas están

ligadas unas con otras. El sentido moral desaparece en cuanto

desaparece el sentimiento religioso. El hombre no consiguió

construir, como lo quería Sócrates, un sistema moral que fuese

independiente de toda doctrina religiosa. Todas las sociedades

que ponen al margen la necesidad de orar, están en vías de su

decadencia. Y es por esto que todos los que son civilizados

-creyentes o no- deben interesarse por este grave problema del

desarrollo de cada actividad básica, de que el cuerpo es capaz.

¿Cuál es la razón de que el sentimiento religioso desempeñe un

papel tan importante en el éxito de la vida?

¿Por medio de qué mecanismo actúa la oración sobre nosotros?
En este punto, dejamos el dominio de la observación para entrar

en el de la hipótesis. Pero la hipótesis, aún cuando sea osada,

es necesaria al progreso del conocimiento.

Debemos tener presente, primeramente, que el hombre es un todo

indivisible, compuesto de tejidos, de líquidos orgánicos y de una

conciencia. No está, por tanto, enteramente comprendido en las

cuatro dimensiones del espacio y el tiempo, pues la conciencia,

si reside en los órganos, se prolonga al mismo tiempo para afuera

del continuum£ físico. Por otra parte, el cuerpo vivo, que nos

parece independiente de su medio material, esto es, del universo

físico, es, en realidad inseparable de él.

Así, está íntimamente ligado a ese medio por la necesidad

constante del oxígeno del aire y de los alimentos que la tierra

le provee.

¿No nos será, pues, permitido admitir que estamos sumergidos en

un medio espiritual,£ del cual no podemos prescindir, como no

podemos prescindir del universo material, esto es, de la tierra y

del aire?

Y ese medio, no podrá ser otro que el ser inmanente en todos los

seres y que a todos trasciende, al que llamamos Dios.
La oración podría, por tanto, ser considerada como el agente de

las relaciones naturales entre la conciencia y el medio que le es

propio, y como una actividad biológica dependiente de nuestra

estructura. En otros términos: como una función normal de nuestro

cuerpo y de nuestro espíritu.

CONCLUSION
En resumen: el sentimiento de lo sagrado asume, en relación con

otras actividades del espíritu, una singular importancia, porque

nos pone en comunicación con la inmensidad misteriosa del mundo

espiritual.

Es por la oración que el hombre va hacia Dios y que Dios entra en

él. Orar es un acto que se muestra indispensable para nuestro

supremo desarrollo.

No debemos considerar la oración como un acto practicado por los

pobres de espíritu, por los mendigos o por los cobardes.
“Es vergonzoso orar£” escribía Nietzsche; No es más vergonzoso

orar de lo que es beber o respirar…
El hombre tiene necesidad de Dios como tiene necesidad de agua y

de oxígeno.

Juntamente con la intuición, con el sentido moral, con el sentido

de lo bello y con la luz de la inteligencia, el sentimiento de lo

sagrado da a la personalidad su pleno desarrollo. Y no se puede

poner en duda que el éxito de la vida exige el desenvolvimiento

integral de cada una de nuestras actividades fisiológicas,

intelectuales, afectivas y espirituales.

El espíritu es, al mismo tiempo, razón y sentimiento. Tenemos que

amar la belleza de la Ciencia y también la belleza de Dios.
Es necesario que escuchemos a Pascal con el mismo fervor con que

escuchamos a Descartes.

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