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¿Qué es la Paz?

Cuando nos referimos a la paz encontramos que distintas personas tienen distintos conceptos: por ejemplo algunos la conciben como quietud, otros como ausencia de conflicto, otros como seguridad en medio de los problemas cotidianos.

Siempre recuerdo a mi tio Plinio Zandrino, quien además de un gran médico era un excelente orador, decir desde la plataforma de la iglesia que él imaginaba la paz no tanto como una pradera calma al lado de un serpenteante arroyo, sino más bien como un pajarito que llevaba la comida a sus pichones en un nido ubicado bajo una gran catarata; allí, en medio del rugir del agua, los pequeños animalitos tenían su seguridad y su paz.

Yendo a otro terreno, en política internacional ¿Podemos hablar de paz cuando la plantean las naciones luego de una guerra en que un ejército sometió a otro por la fuerza? ¿No es ésta una forma de la “Pax Romana”, que era aquella que surgía del sometimiento de los pueblos conquistados en la época de su imperio?
De una cosa podemos estar seguros; y es que de esta palabra se ha usado y abusado al punto que ya no sabemos muy bien lo que significa.

Para intentar acercarnos a un concepto de la paz en una dimensión personal, podríamos citar la visión de San Francisco de Asís, a quien pertenece la frase: “Mi alma está inquieta, y no encuentra reposo hasta descansar en Tí”. Otro gran místico como San Juan de la Cruz, hallaba la paz en la contemplación de Dios, aunque para llegar a ello debiera pasar por la terrible experiencia que él denominó “la noche oscura del alma”.

Cuando nuestro Señor Jesús estuvo entre nosotros, y antes de ascender, les dijo a sus discípulos “Al irme les dejo la paz. Les doy mi paz, pero no se la doy como  la dan los que son del mundo. No se angustien ni tengan miedo” (Jn.15:27). ¿Cuál era el real sentido de sus palabras?

El concepto de Jesús acerca de la paz se puede comprender a partir de la relación del ser humano con El; a partir de allí podremos comprender otros niveles de relación en los cuales la paz será real en nuestra vida. Sugiero para este análisis distintos niveles: paz en la relación con Dios, con nosotros mismos, con el prójimo, y finalmente una realidad dolorosa pero inevitable: la ausencia de paz.

PAZ CON DIOS
En el Antiguo Testamento encontramos reiteradamente el concepto de que habiéndonos alejado los seres humanos de su Creador a causa del pecado, no podemos encontrar la paz hasta no habernos reconciliado con El. La palabra “religión” tiene su origen precisamente en este concepto, ya que etimológicamente proviene de “re-ligar” nuestra relación con Dios.

En el Nuevo Testamento, Jesús habla reiteradamente de la paz, y ella depende de comprender el mensaje del evangelio, mediante el cual la gracia de Dios nuestro Padre, y la obra de Jesús a nuestro favor, hace posible que podamos llegar a reconciliarnos con El. La paz es un don que se nos da, y es un bien que vamos alcanzando de manera progresiva a medida que vamos creciendo en nuestro conocimiento de Dios por la revelación que recibimos por el Espíritu Santo.

Pero vayamos a una imagen más elocuente, a una imagen que hace referencia al amor, que es la mejor expresión de la paz. Para ello veamos qué nos dicen los Salmos:

Oración de confianza
Señor, no es orgulloso mi
corazón,
ni son altaneros mis ojos,
ni voy tras cosas grandes y
extraordinarias
que están fuera de mi alcance.
Al contrario, estoy callado y
tranquilo,
como un niño recién amamantado
que está en brazos de su madre.
¡Soy como un niño recién
amamantado!
Israel, espera en el Señor ahora y
siempre.

Salmo 131

Este corto salmo, para mí, es uno de los más bellos que haya escrito el Rey David. Podemos imaginarnos la escena: una madre sonriendo mientras mira el rostro de su pequeño niño dormido en sus brazos; él está satisfecho luego de haber sido amamantado, relajado en los cálidos brazos de su madre. Y el salmista reflexiona: “no son grandes mis pretensiones, pero yo quiero ser como ese niño, quiero volver a las fuentes, y descansar como lo hacía en brazos de mi madre.”
Esta imagen es transportada a nuestra relación con Dios, y a la experiencia espiritual de poder descansar relajadamente en Sus brazos. Ya no se necesitan esfuerzos, simplemente se descansa callado y tranquilo.

¿No es ésta la imagen más elocuente de la paz? ¿Podemos imaginarnos una situación más placentera e integradora que ésta?

PAZ CON NOSOTROS MISMOS
En los relatos bíblicos encontramos reiterados ejemplos de personas que perdieron su paz consigo mismo: tomemos el caso de Adán y Eva después de pecar, de Caín luego de dar muerte a su hermano. También encontramos esta situación en personas buenas y consagradas y amadas por Dios, como el caso del Rey David luego del pecado contra Urías. Vemos su dolor en la confesión del Salmo 51 cuando dice: “¡Lávame de mi maldad!¡Límpiame de mi pecado! Reconozco que he sido rebelde; mi pecado no se borra de mi mente. Contra ti he pecado, y sólo contra ti, haciendo lo malo, lo que tú condenas”.

En el Nuevo Testamento encontramos esta situación en los relatos de Jesús queriendo explicar las verdades del Reino mediante parábolas; tomemos el caso del hijo pródigo cuando se encuentra alejado de su padre comiendo la comida de los cerdos que cuida. Un caso dramático es el de Judas luego de traicionar a Jesús, o el de Pedro por haberlo negado… y tantos otros.

Las manifestaciones de la falta de paz consigo mismo son la ansiedad, la falta de sueño, los sentimientos de culpabilidad, los temores, la tristeza y el desasosiego.

El permitir que Dios reconstruya en mí su imagen original, la “Imago Dei”, irá generando un progresivo sentimiento de reconciliación conmigo mismo.

El Apóstol Pablo, en Romanos 8, nos dice que el Espíritu Santo va produciendo una tarea de convencimiento de la gracia de Dios que nos resulta inadmisible a la razón: “Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud que los lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que los hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Padre mío!” Y este mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que ya somos hijos de Dios.”
(versiculos 15 y 16). ¿Cómo podemos comprender que el Dios omnipotente y tres veces santo es a la vez nuestro Padre amoroso? Solamente por el convencimiento del Espíritu Santo, quien por ese medio nos pone en paz con Dios y con nosotros mismos.

Accedemos a una enorme paz cuando comprendemos que Dios nos habla también desde lo profundo de nuestro ser interior para revelarnos su mensaje de amor.

PAZ CON EL PROJIMO
Habernos reconciliado con Dios nos lleva a ponernos en paz con nosotros mismos… y este hecho nos induce a establecer una nueva relación con nuestro prójimo: quien antes era mi enemigo se transforma ahora en mi hermano. El desconocido tiene ahora el rostro de Jesús, y solicita mi ayuda, y yo también la suya. Estoy unido a El por el amor que Dios puso en mí, y este amor me impulsa a buscarlo.

Jesús fue el ejemplo de reconciliación con el prójimo: abrazó y bendijo a los niños, tocó y sanó a los leprosos, compartió momentos íntimos con sus apóstoles. También estableció una relación adecuada con aquellos que actuaban de un modo que él no aprobaba; a veces con términos duros, pero dejando la puerta abierta para el arrepentimiento y el cambio de actitud.

Una imagen elocuente que ilustra esta relación con el prójimo, la vemos en la parábola del buen samaritano. Jesús da respuesta a la pregunta “¿Quién es mi prójimo?”: el que está “próximo” a mí y me necesita, no importa que él sea de distinta raza, sexo o condición social; es mi hermano y espera mi ayuda.

LA AUSENCIA DE PAZ
El mismo Jesús que nos trajo la paz, en otro momento de su vida dijo: “No crean que yo he venido a traer paz al mundo; no he venido a traer paz, sino lucha.”
Es que no siempre podremos gozar de la paz como un don inconmovible, pues la paz es un estado cambiante, un proceso. Aún el creyente maduro podrá pasar por períodos de falta de paz, y no debemos necesariamente asignarle a esto una connotación negativa.

Habrá momentos en que por nuestra fe deberemos tomar importantes decisiones, y atravesaremos tiempos difíciles. Pero aún la ausencia transitoria de paz nos hará comprender la presencia de ella en otros momentos.

Mencionamos a San Juan de la Cruz, el místico español que hablaba de “la noche oscura del alma”, que es un estado de alejamiento de la presencia de Dios, de soledad, que surge precisamente en el momento en que se busca Su presencia. Es un estado desesperante que también encontramos en la experiencia de Blas Pascal, quien lo llamó “sequedad del corazón”.

El Señor Jesús clamó en los momentos previos a su entrega en el jardín de Getsemani: “Padre, si quieres, líbrame de este trago amargo…”(Lc.22:42). Y podemos imaginarnos su estado de angustia. En la cruz experimentó la ausencia de su Padre amado cuando exclamó: “Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has abandonado?” (Mc.15:33).

Muchos creyentes pasan por pruebas parecidas, quizás de menor intensidad, pero similar en cuanto a la vivencia de la experiencia. A veces por dudas que los atormentan, por tentaciones, por pecados cometidos, por sentimientos de culpabilidad que no pueden superar aún después de haber confesado su pecado… y tantas otras circunstancias que pueden haberles quitado la paz que habían alcanzado cuando se apropiaron de las palabras de Jesús: “Al irme les dejo mi paz”.

CONCLUSION
La paz es un bien que Dios nos provee a través de su presencia en nuestra vida. Es como un estado básico sobre el cual vamos desarrollando nuestro proceso de crecimiento.

Pero como todo lo vivo tiene su ritmo y sus tiempos, la paz no escapa de este principio, y por ello debemos atravesar por períodos de pérdida de la paz que hemos alcanzado. Es precisamente aquí que la oración se transformará en un instrumento de comunicación y dependencia de Dios, que nos permitirá reorganizarnos interiormente cuando llega el momento de la prueba.

Con paciencia y búsqueda permanente de la voluntad de Dios, aún esta experiencia rendirá sus frutos, y cuando superemos la dificil prueba, habremos avanzado en nuestro proceso de crecimiento hacia la madurez cristiana.

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