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Antropologia y filosofia frente a la ansiedad

El autor, graduado en Antropología y Filosofía en las Universidades de Wheaton y Chicago, es Psicólogo consultor en el Hope College – Michigan EE.UU.).

La segunda guerra mundial trajo un período de expansión del campo de influencia de la psicología y de la psiquiatría, a tal punto que a este período de post-guerra se le llama a veces “la era de psicología”. Las ideas de psicólogos prominentes reciben una publicidad tan amplia, que todos somos influidos por su manera de pensar.

El efecto de esto ha sido perturbador para muchos. A menudo las explicaciones psicológicas parecen poner de lado la responsabilidad moral explicándolo todo, atribuyendo la conducta a influencias genéticas o ambientales. Con suma facilidad se ofrecen explicaciones “naturales” de conceptos y experiencias espirituales; algunos enfoques del hombre, parecen resueltos a reducirlo a un robot. Nos sirve de mucho el recordar que estas conclusiones presuponen una visión del hombre explícita o implícita.

El concepto del hombre que tiene el terapeuta es importante. Algunos tratados psicológicos describen nuestra vida interior con una exactitud tan incómoda, que nos gustaría poder descartarlos simplemente como el fruto de una teoría no cristiana del hombre. Ese procedimiento no sirve, sin embargo. Algunas de tales observaciones se adecuan perfectamente a la realidad.

Por otro lado, está el hecho bastante perturbador de que algunos cristianos, en estado de ansiedad o molestos por problemas “espirituales”, han recibido ayuda efectiva en el consultorio de algún psicólogo o psiquiatra. Estos terapeutas explican las dificultades de los estudiantes en términos de impulsos reprimidos, sexuales o de ira; sentimientos neuróticos de culpa; crisis de identidad o algunos otros hechos básicos.

Esto aparentemente niega la existencia de problemas espirituales. Pero ahí está el caso. Los pacientes mejoraron mediante el tratamiento y muchas veces, luego de la mejoría, vinieron considerables avances hacia la madurez cristiana. Es difícil ver cómo tales resultados se obtienen si estos terapeutas están equivocados en su visión del hombre.

Teoría y práctica

Nos ayudará el considerar la relación entre teoría y práctica en psicología. Como en todo esfuerzo científico, en psicología la teoría sirve al propósito de estimular y guiar la investigación. La suficiencia de una teoría se juzga por su “utilidad”, es decir, por su capacidad para proveer de hipótesis comprobables.

Por ello deberíamos siempre referirnos a dichas teorías como a algo puramente instrumental, que no tiene el carácter de verdad en grado alguno necesariamente, y que por cierto, no demanda nuestra lealtad (el compromiso de nuestro yo). Por lo general los físicos asumen este aire de desapego en cuanto a sus teorías.

Me parece que los biólogos tienen mayor dificultad en conseguir este desapego por sus teorías y creo que los psicólogos parecen sufrir de un cierto compromiso crónico de su yo con sus teorías favoritas. Cuando una teoría adquiere tan profunda significación personal tiende a convertirse en un principio universal de explicación, y en consecuencia, un verdadero lecho de Procustes al tratar con los datos científicos. Los hombres de ciencia cuidadosos son concientes de esto y procuran el correctivo necesario.

Mirando la relación entre práctica y teoría desde otro ángulo, deberíamos distinguir entre la interacción terapéutica del psicoterapeuta y su paciente por un lado y por otro lado la estructura teórica que el terapeuta usa para describir lo que él cree que sucede en las sesiones de terapia.

Algunos hablan de liberación y reorientación de los impulsos reprimidos de la líbido, otros de la ansiedad de separación, otros de las tendencias dominantes de superioridad motivadas por los intensos sentimientos de inferioridad, y aun otros más, del vacío existencial y de la búsqueda de significación. Personas que representan todos estos puntos de vista pueden actuar muy bien como psicoterapeutas. Muchos reciben ayuda real.

Por esta razón algunos tratan de dar validez a alguna teoría basándose en el éxito del terapeuta que la abraza. Esta es también práctica dudosa, pero extrañamente convicente, usada por quienes proponen aberraciones tales como el “magnetismo animal”, la sangría de pacientes como un curalotodo de enfermedades físicas y casi toda forma de charlatanería que se haya inventado.

Aprendamos a diferenciar siempre entre lo que el psicoterapeuta realmente hace y la forma en que habla acerca de lo que hace. Su manera de hablar interpretando lo que hace está en gran medida, aunque no totalmente, influida y guiada por su propia teoría o doctrina del hombre. Sin embargo, los buenos terapeutas son siempre mejores que sus propias teoría.

Mi argumento es que muchos conocimientos en cuanto a la conducta son adscritos a una teoría particular aunque no tienen necesariamente relación con ella. Uno u otro de estos conocimientos particulares, pueden ser explicados igual o mejor en los términos de alguna otra concepción del hombre. El hombre de ciencia debe ver cuando se trata de un caso así. Mientras tanto, deberíamos hacer de estos conocimientos particulares acumulados, instrumentos al servicio de la comunidad cristiana.

Antropología

La verdad es que tales conocimientos pueden ayudarnos a desarrollar una adecuada antropología (visión o concepción del hombre). Esta es tremendamente necesaria. El estudiante de ciencias del hombre que toma en serio su lealtad a Cristo, procura interpretar los datos que le provee su disciplina particular desde la perspectiva de una visión bíblica del hombre. Naturalmente que para una presentación sistemática de la antropología bíblica deberá recurrir a la que le ofrecen las obras de teología (cuidándose de que éstas sean de una línea realmente evangélica y bíblica).

Esta es una búsqueda que con facilidad desilusiona. Las secciones que estudian al hombre en tales tratados se basan a menudo en la psicología asociacionista y racionalista de los siglos XVIII y XIX. Dicha psicología hace aparecer al hombre como mucho más racional y dueño de sí mismo de lo que los hechos demuestran, y parece dar validez a la idea de que todos los seres humanos provienen de una elección premeditada, de debilidad o de ignorancia, y la cura estaría en la educación o en la exhortación, esta última para fortalecer las resoluciones.

Esta manera de pensar llevó a Benjamín Franklin, poseído por un acceso de auto-superación, a sentarse cierto día, hacer una lista de las virtudes morales (la totalidad de trece) y luego establecer un sistema mediante el cual atendería cuidadosamente al cultivo de una virtud por semana. Por la noche se proponía hacer inventario de sus fracasos y hacerse la determinación de eliminarlos.

Después de un tiempo de práctica del sistema, comenta un tanto apesadumbrado “Me sorprendí de encontrarme mucho más lleno de defectos de lo que había pensado”. Como buen pragmatista que era se consoló con ese descubrimiento que le parecía un paso adelante.

Pero otro hombre, que tuvo una misión más grandiosa de la santidad de Dios y una comprensión mucho más profunda de sus propios motivos, clama así: “Porque lo que hago no lo entiendo; pues no hago lo que quiero sino lo que aborrezco, eso hago… el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago…¡Miserable de mí!

Las confortables ilusiones de que todo puede ser dirigido por la razón y de que mediante el esfuerzo moral podemos alcanzar la perfección, fueron eliminadas sin remedio por Freud y sus asociados quienes ven más bien el hombre como una criatura presa en las garras de impulsos interiores poderosos, irracionales y egocéntricos; en quien la llama de la razón fluctúa débilmente.

Es el punto de vista del Apóstol Pablo y no el de Benjamín Franklin, el que se aproxima más de cerca a los descubrimientos obtenidos por los psicoterapeutas durante el presente siglo. La obra de utilizar estos conocimientos a fin de elaborar una más adecuada antropología bíblica apenas si ha comenzado.

Ayuda Mágica

Sin embargo, no necesitamos esperar a que esta tarea se complete para dedicarnos al estudio de cómo nuestra comprensión de la vida cristiana puede ser mejorada por las contribuciones de los psicólogos. A primera vista, algunas de las más importantes contribuciones de la moderna psicología pueden parecer más destructivas que útiles, pero examinémoslas más detenidamente, lo suficiente como para ir más allá de su aparente hostilidad crítica.

Freud, por ejemplo, sostenía que la idea de Dios surge de la idea de que la vida es muy difícil y desilusinante para nosotros. El hombre, a la manera del niño, invoca una poderosa ayuda mágica que como el genio de Aladino es todopoderosa y está siempre presto a satisfacer todo antojo. A esta ayuda mágica se la personifica proyectando a escala cósmica la imagen inconsciente que uno tiene de su padre. La felicidad se procura desvalorizando la vida (other-worldliness = viviendo como “en otro mundo”) y por “la imposición forzada del infantilismo mental”, es decir, renunciando al derecho (y deber) que uno tiene de pensar. Esto sirve como opio para muchos, pero también convierte a otros en neuróticos al hacer surgir ilusorios sentimientos de culpa.

¿Qué le corresponderá hacer al cristiano frente a eso?

¿Declararse culpable? ¿O más bien poner de lado estas ideas como nada más que los desvaríos de un enemigo de la religión? Como ya algunos estudiosos del asunto lo han señalado, hay buenas evidencias que permiten enfrentar la teoría freudiana de la religión. Sin embargo, Freud era un observador penetrante. Tenía una habilidad extraordinaria para mirar el interior de los seres humanos y comprender lo que motivaba sus acciones.

Como científico responsable trató de registrar y divulgar lo que vió. Por necesidad, ordenó sus hechos siguiendo los lineamientos que le trazaban sus presuposiciones en cuanto al hombre y al universo. Sin embargo, al rechazar estas últimas, en parte o del todo, no podemos rechazar también aquello que él vió. Sostengo firmemente que el ignorar sus observaciones va en detrimento nuestro.

En primer lugar, respecto al cargo de que Dios no es nada más que una imagen proyectada del padre. No cabe dentro de las atribuciones del psicólogo, el pronunciarse sobre la existencia de Dios, ni aun en el caso de que el psicólogo se llame Sigmund Freud. En última instancia, la decisión de una persona en cuanto a esto se basa en la fe, pero la información y los datos pertinentes están dentro de la esfera del teólogo y del filósofo, no del psicólogo.

La conclusión de Freud se basa en su metafísica más bien que en su psicología. Sin embargo, si él hubiese dicho que: “El concepto útil (working conception) de Dios que tienen algunas personas -inclusive algunos evangélicos- a menudo es en gran parte una proyección de la imagen de aquellas personas que representan emocionalmente mucho en sus vidas”, hubiésemos tenido que estar de acuerdo con él. Nótese en primer lugar que el énfasis está en que se trata de lo útil (working) en comparación con lo formal, en lo que se refiere a la concepción de Dios. El concepto formal es el relativo a la lealtad teológica propia de cada uno. Es la respuesta que uno daría a la pregunta “¿Cómo es Dios?”.

El concepto útil (working) por otro lado tiene a menudo elementos inconscientes muy importantes. Los hombres tienden a remodelar a Dios según su propia estructura emocional y según aquello que esperan de la vida.

En mi práctica de asesoramiento psicológico con profesores de teología, pastores, seminaristas y muchos cristianos afligidos, en los últimos años, esta verdad se me ha hecho más patente que nunca. Todos estos pacientes son poseedores de conocimientos bíblicos. Hablan con facilidad y fluidez acerca de la gracia de Dios, pero en momentos o períodos de tensión muchos reaccionan como si Dios fuese un tirano regañón, sermoneador y perfeccionista.

Dios parece estar allá muy lejos, frío, austero, interesado sólo en resultados y no dispuesto a comprender la situación de ellos, sus seguidores. Esto lo deja a uno con estas alternativas: ser perfecto, expiar las imperfecciones propias mediante un frenético programa de obras de santidad, o intentar convencer a Dios de los propios propósitos morales serios mediante un vigoroso programa de auto-humillación. Cuando el terapeuta cristiano pondera este fenómeno y lo compara con las experiencias de sus colegas, ve que se trata de algo muy común y que muchas veces inconscientemente el Dios verdadero y viviente queda como algo borroso, visto a través del lente de las profundas necesidades emocionales de una persona.

Esto no debiera sorprendernos. El primer mandamiento se ocupa de la idolatría y ella sigue siendo, a mi parecer, el problema número uno de cualquier ser humano. Constantemente estamos relegando a Dios a un segundo plano o mirando una visión deformada de El. Este hecho tiene implicaciones de gran alcance para la vida y el crecimiento del cristiano. Porque ahora ya podemos ver con claridad, que desde el punto de vista psicológico hay dos formas distintas de vida religiosa.

Estas dos formas se encuentran dentro de cualquier grupo social y político. Estas formas no son distinguibles por lo que es su objeto de adoración o por su teología. Cristianos evangélicos, miembros de la misma denominación, pueden hallarse en ambos grupos. La diferencia básica es diferencia de actitud. Ha sido descrita en formas variadas a través de los siglos: los profetas hebreos hablaban de una religión del corazón y de otra que era un formalismo vacío; el apóstol Pablo habla del espíritu de la Ley y del espíritu de Cristo; hoy a menudo hablamos de la religión moralista e infantil comparada con la religión madura.

La fe cristiana madura se construye sobre la capacidad de confiar. Esto da a la persona seguridad suficiente en su relación con Dios, de tal manera que obra sobre la base de la gracia. Le da valor para enfrentarse consigo mismo, confesar su pecado y vivir en la realidad del perdón, que es un hecho. Dentro de ese contexto se dan al aprendizaje y el crecimiento cristiano hacia la madurez. El cristiano maduro tendrá sus pruebas, éxitos y fracasos, pero por debajo de las fluctuaciones de la vida cotidiana hay una tranquila confianza en la suficiencia de la gracia de Dios para darle el triunfo aun a través de los momentos más difíciles.

Confianza y Ansiedad

La fe religiosa inmadura tiene un lugar diferente en la personalidad. Está basada en la ansiedad y en la inseguridad. La persona está demasiado atemorizada y por ello no acepta la Palabra de Dios (no la cree posible) y no actúa basándose en el hecho de que Dios es misericordioso, perdonador, lleno de gracia y, que tiene una actitud de buena dispocisión hacia ella. En última instancia se siente solo y se cree obligado a seguir su propio camino. De esta manera introduce su fe dentro de la estructura de su ego.

El evangelio de la gracia se transforma en una vida religiosa dominada por la ansiedad y descrita a menudo como legalismo o moralismo. La persona se preocupa consigo misma, es rígida, y se inclina a tener una actitud de superioridad moral hacia aquellos que no cumplen con sus propias exigencias. Generalmente usa un vocabulario piadoso para negociar con Dios y la oración se convierte en un proceso de pedidos de favores a base de los créditos ganados en la actividad devocional, en la asistencia a la iglesia, en el diezmo y en la participación en programas de servicio cristiano.

La expresión “Dios me guía” o “Dios me dirige” se puede usar para dominar o explotar a un amigo o familiar. Muchos de estos infantilismos y deformaciones son parte del crecimiento. Los niños no tienen ni la madurez ni el poder de captación de ideas abstractas como para entender la gracia y sus implicaciones para la vida. La perspectiva infantil se vuelve factor perturbador solamente cuando una persona continúa aferrándose a ella por temor y no aprovecha la oportunidad de crecer.

Culpabilidad
Otros dos problemas que perpetúan el enfoque moralista de la vida cristiana son la culpabilidad obsesiva (guilt riddeness) y la moralidad de superyó (superego morality). Recordarán que Freud culpaba a la religión de hacer surgir sentimientos de culpa ilusorios.

Una vez más, el problema no está tanto en lo que él observó cuanto en su manera de interpretarlo. Como él descartaba la posibilidad de una ley moral, universal y objetiva, se inclinaba siempre a reducir las cosas a sus componentes psíquicos y consideraba muchos de los sentimientos de culpa que vio en sus pacientes como nada más que las cadenas que les imponía la religión organizada.

El cristiano, por el contrario, se considera moralmente responsable ante Dios que es quien ha revelado las bases de la moralidad humana. Una vez más sería un serio error no considerar la acusación de Freud. Desde su época los psicoterapeutas sensibles son conscientes de que los sentimientos de culpa no son todos lo mismo cualitativamente.

Hay veces que una persona se siente culpable porque ha obrado mal; hay veces en las que solamente sufre de un predisposición a sentirse culpable. En este último caso es más que inútil, cuando la persona sufre un sentimiento neurótico de culpa, el exhortarla a confesar su pecado, arrepentirse y hacer restitución.

Tal persona se pasa la mayor parte de su tiempo en lo que es una verdadera agonía de introspección minuciosa, buscando algo que confesar y “deleitándose” en tomar medidas de castigo de sí mismo, en la esperanza de que éstas van a expiar su culpa, aplacar la ira de Dios y darle alivio de su super-acusadora conciencia. En relación con esto, el teólogo Gustavo Weigel comenta: “Los psiquiatras modernos están llevando a cabo una excelente labor en el estudio del sentimiento neurótico de culpa.

Como ha sido señalado por los psiquiatras, la culpa en este contexto no tiene relación significativa con la moralidad objetiva. Podemos decir con toda seguridad que la voz de la conciencia y la furia castigadora del superyó, son dos fenómenos enteramente diferentes, pero es necesaria la presencia de un observador capacitado y entrenado para distinguir una de la otra.

No toda convicción de culpa es preocupación moral. La mayoría de los sacerdortes son incapaces de hacer distinción y pueden con facilidad agravar una neurosis fortaleciendo a un superyó vengativo sin siquiera tocar el nivel moral tangencialmente relacionado con la ansiedad neurótica.

Hasta pueden condenar al psiquiatra que está tratando de manera efectiva el problema psicológico y usar de su autoridad religiosa para prohibir al paciente que vea el psiquiatra “inmoral”.

Lo que dice aquí el Dr. Weigel respecto a los sacerdotes y a su manera errónea de tratar a la culpa neurótica puede muy bien aplicarse a los pastores y líderes evangélicos. En su comentario hace también referencia a los problemas de una moralidad de superyó. Es esta una moralidad basada en la conciencia del niño o superyó.

Es concreta:(“haz esto; no hagas aquello”), se aferra de manera ciega y mecánica a “normas” o “modelos” específicos, es perfeccionista, orientada a echar culpa (“si cualquier cosa sale mal, es probable que a mí me echen la culpa”), y se caracteriza por la obligación compulsiva a ir “anotándose los tantos” (es decir, registrando minuciosamente los éxitos y fracasos).

El énfasis está en las acciones externas más que en la intención de uno. Las personas que viven presas en las garras de esta moralidad de superyó son incapaces de enfrentar y dominar sus sentimientos de ira, duda y temor, ya que a éstos no los reconocen ni perciben su carácter dañino. El objetivo de estas personas es la apariencia de rectitud.

Y como dichas personas no pueden evitar el no comportarse a la altura de sus normas, sufren el tormento crónico de la culpa. Es muy común que también vaya creándoseles una actitud de estar crónicamente juzgando a los demás. Esto les alivia un poco de su sentimiento acusador de culpa. (“Por lo menos no soy tan malo como este tipo; yo nunca digo palabrotas y tampoco fumo, por supuesto”).

Lo más triste de todo en este caso, es que esto tampoco hace que la persona se sienta menos culpable. Se siente más solo aún, porque teme el juicio o acusación que el otro puede lanzarle como respuesta. Usando una frase del Dr. Paul Tournier diremos que de manera trágica este espíritu de crítica y juicio daña e interrumpe seriamente el desarrollo del grupo creyente, impidiéndoles llegar a constituir la koinonia, la comunidad de los amados.

Antídoto

¿Cómo es que suceden estas cosas y por qué ellas no son eliminadas cuando una persona se entrega a Jesucristo? Consideremos en primer lugar la segunda parte de la pregunta. La única respuesta parece ser que Dios no ha escogido hacer las cosas de este modo. Evidentemente El quiere que la personas encuentren su propio camino de salida de tales actitudes en el proceso de crecimiento espiritual.

Pero ¿por qué surgen estos problemas? Volvamos otra vez a los conocimientos que han logrado los clínicos. El villano de esta historia es el amor condicional, una actitud que envenena el clima emocional en el que se mueven las personas. Este es un problema particularmente nocivo en los años tempranos de la vida, pero puede llegar a ser un problema en cualquier época de la existencia.

El amor condicional es amor basado en cierta demanda más bien que en la necesidad y en el afecto gratuito. “Te amaré si (llenas mis expectativas, logras que pueda estar orgulloso de ti; eres hermosa, inteligente, buen atleta, artista, músico” ad infinitum£). He ahí su tema.

El antídoto contra este afecto condicional es la capacidad creciente para confiar. Una ansiosa falta de confianza es gradualmente reemplazada por la confianza; el cristiano avanza desde una moralidad de superyó, cargada de culpa, hacia la madurez en Cristo. El medio establecido para reemplazar la ansiedad con la confianza, es la iglesia, la comunidad amada, que es dirigida a expresar el amor incondicional de Dios en Cristo.

En la medida en que el cuerpo de creyentes crea un ambiente de agape (amor, caridad) las personas se sienten más y más lo suficientemente seguras como para enfrentarse con ellas mismas y compartir con otros lo que son. Esto es necesario porque como lo señala Harry Stack Sullivan: “uno está informado acerca de su propia experiencia solamente en la medida en que tiende a comunicarla a otros”.

Tenemos aquí una razón importante que apoya la instrucción que ofrece el Nuevo Testamento a los cristianos de que se confiensen sus faltas los unos a los otros. Esto es difícil y encierra ciertos peligros, pero el declarar a otro lo que uno es a base de una relación de confianza nos ayuda a salir de los subterfugios que empleamos para no ver la verdad en cuanto a nosotros mismos.

Sin embargo, algunas personas son muy temerosas y están de tal manera envueltas en sentimientos de culpa y en una moralidad de superyó que no cambian ni por el hecho de pertenecer a una comunidad dispuesta a ayudarlos para comenzar a sanarlos y permitirles crecer. En tales casos el creyente evangélico debería, sin vacilación alguna, consultar a un psicoterapeuta tal como lo haría al consultar a un médico si siente constantes dolores abdominales.

Hay grandes ventajas si se puede encontrar a un profesional competente y que sea evangélico. Este sería útil en mayor grado, si bien es difícil encontrarlo. Cuando no se puede conseguir, sería prudente buscar a un terapeuta que una a su capacidad y preparación, una posición que considere, por lo menos, que la religión puede ser una fuerza constructiva para la madurez de la personalidad.

No puedo, a conciencia, recomendar que se consulte a un profesional que toma una actitud hostil o negativa hacia la fe religiosa per se. Aclaremos, eso sí, que como hemos tratado de demostrar en este artículo, no todo lo que se presenta tras una fachada de fe cristiana es necesariamente fe.

Cualquier profesional competente va a querer que la persona a quien atiende examine a su fe “útil” (working faith), que se dé cuenta de cómo la está usando y que advierta los aspectos defensivos y perturbadores de tal uso. Y esto no debiera considerarse como un esfuerzo por minar la fe. Si es posible entrar en tal actividad en forma cooperativa, se podrá eliminar los sentimientos morbosos de culpa y ayudar a la persona a confiar lo suficiente como para poder experimentar el perdón y la gracia de Dios.

Resumen

Entonces es razonable que el cristiano se dé cuenta de los presupuestos teóricos de ciertos enunciados psicológicos. Pero ha de tener en cuenta que muchos conocimientos, cualquiera sea el marco teórico dentro del cual aparecieron originalmente, no están de manera obligada enraizados esencialmente en ese marco teórico. Los buenos psicólogos y psicoterapeutas son mejores que sus teorías. Dios en su infinita providencia, los ha dotado de cualidades humanas que los hacen útiles en la curación de desórdenes mentales y espirituales.

La clave de tales curaciones parece tener su origen en un ambiente de agape (amor, caridad). Es una señal de madurez espiritual cuando el cristianismo tiene cada vez menos necesidad de ejercitar el espíritu de crítica y más deseo de darse a otros espontáneamente en un espíritu de afecto con el deseo de comprender y ayudar. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”.

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