por MONICA ZANDRINO
Te había conocido hace tiempo, pero entonces no interpreté tu hermosura. Tu majestuosidad me inspiraba temor, tus aguas me parecían frías y tus playas me mostraban mi soledad que yo creía que era la tuya.
Después de tanto tiempo volví a verte; tú no cambiaste, gracias a Dios, pero gracias a Dios, yo sí; cuando te ví, experimenté una profunda emoción, y te sentí mi hermano, mi amigo… me invitabas a acercarme y así lo hice; mis pies se dejaron besar por tu arena tibia y suave; sentía el sol sobre mi cuerpo… todo era una vivencia agradable, irresistible, placentera… fui introduciéndome en tus aguas, no me parecían frías, las olas comenzaron a jugar conmigo, me volví una niña que reía y se dejaba empujar a sus antojos; te disfruté.
¡Oh mar!, ¡y cómo…! fue en una entrega total y profunda a tus crestas de espuma y sal, a tu retozar de niño travieso que me devolvió la alegría de descubrir que la felicidad está dentro de nosotros, sólo hace falta desenterrarla y no dejar que se nos escape, como ese pequeño caracol que me regalas aquí en la playa, hermano mar, junto a mis pies.
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Poemas Cristianos

