por JOHN STOTT
En el capítulo 4 de su libro “LA FE CRISTIANA FRENTE A LOS DESAFÍOS CONTEMPORÁNEOS”, John Stott aborda el tema de las parejas homosexuales estables. El autor hace un profundo análisis, con gran rigor bíblico y científico y, a la vez, un abordaje humano y compasivo. Sugerimos la lectura del capítulo completo. En este artículo publicamos parte de “El contexto de la reflexión” y los consejos finales, que el autor comenta bajo el título “La fe, la esperanza y el amor”.
El contexto de la reflexión
En primer término, todos somos seres humanos. No existe el fenómeno llamado “homosexual”. Sólo existen personas, seres humanos, creados a la imagen de Dios, pero caídos, con toda la gloria y la miseria que esa paradoja entraña, incluido el potencial de la sexualidad y los problemas sexuales. Por firme que sea nuestra desaprobación de las prácticas homosexuales, no tenemos derecho alguno a deshumanizar a quienes las adoptan.
En segundo término, todos somos seres sexuados. De acuerdo con las Escrituras y con la experiencia, la sexualidad es esencial a nuestra humanidad. Quizá los ángeles sean asexuados, pero no los seres humanos. Cuando Dios hizo al género humano, nos creó varón y mujer. De modo que al hablar de la sexualidad tocamos un punto cercano al centro de nuestra personalidad; está en consideración nuestra identidad misma, que tal vez sea reafirmada o amenazada. Así es que el asunto requiere una sensibilidad extrema.
Es más, no sólo es cierto que todos somos seres sexuados, sino también que cada uno tiene una determinada orientación sexual. El zoólogo norteamericano Alfred C. Kinsey, a partir de su famosa investigación sobre la sexualidad humana, dio en ubicar a todos los seres humanos en algún lugar de una escala del 0 (una tendencia exclusivamente heterosexual, con atracción hacia el sexo opuesto solamente) al 6 (una tendencia exclusivamente homosexual, con atracción hacia el mismo sexo solamente, ya sea hombres homosexuales o “lesbianas”, como se suele llamar a las mujeres homosexuales).
Entre estos dos polos el doctor Kinsey marca varios grados de bisexualidad y hace referencia a personas con orientación sexual doble, indeterminada o fluctuante. Sus estudios lo llevaron a concluir que el cuatro por ciento de los hombres (por lo menos de los norteamericanos blancos) es exclusivamente homosexual a lo largo de toda su vida, que el diez por ciento lo es durante unos tres años y que no menos del treinta y siete por ciento tiene algún tipo de experiencia homosexual entre la adolescencia y la vejez.
El porcentaje de mujeres homosexuales resultó menor, aunque alcanza el cuatro por ciento en el grupo de edad entre los veinte y los treinta y cinco años. Las cifras son lo suficientemente elevadas como para justificar el comentario del doctor D. J. West en cuanto a que “la homosexualidad es una circunstancia sumamente común”.
De acuerdo con las Escrituras y con la experiencia, la sexualidad es esencial a nuestra humanidad. Quizá los ángeles sean asexuados, pero no los seres humanos. Cuando Dios hizo al género humano, nos creó varón y mujer.
En tercer término, todos somos pecadores, y pecadores sexuales entre otras cosas. La doctrina de la depravación completa sostiene que el pecado ha corrompido y distorsionado cada parte de nuestro ser, incluida la sexualidad. El doctor Merville Vincent, del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, acertó en afirmar en 1972: “Sospecho que desde el punto de vista de Dios todos tenemos desviaciones sexuales. Dudo que exista alguien que nunca haya tenido un pensamiento lujurioso que se desviara del perfecto ideal de Dios para la sexualidad”.
Nadie (con la única excepción de Jesús de Nazaret) permanece limpio de pecado sexual. Por lo tanto, no cabe que abordemos este tema con una actitud de superioridad espiritual y moral. Por ser todos pecadores, estamos bajo el juicio de Dios y tenemos una necesidad apremiante de su gracia. Además, los pecados sexuales no son los únicos pecados que existen, ni los más pecaminosos; sin duda, el orgullo y la hipocresía son peores.
En cuarto término, además de criaturas humanas, sexuadas y pecadoras, presumo que todos somos cristianos. Por lo menos en este capítulo, los lectores a los que me dirijo no son quienes rechazan el señorío de Jesucristo, sino aquéllos que anhelan sinceramente someterse a él, que creen que Jesucristo lo ejerce por medio de las Escrituras, que desean comprender cuánto las Escrituras revelen sobre este tema, y que están dispuestos a buscar la gracia de Dios para responder a su voluntad una vez que la hayan comprendido. Si este compromiso faltara, sería más difícil encontrar coincidencias. Ciertamente, las pautas de Dios son las mismas para los no cristianos, pero ellos no están dispuestos a aceptarlas.
La fe, la esperanza y el amor
(Consejos para los cristianos frente al tema de la homosexualidad)
1) El llamado cristiano a tener fe.
La fe es la respuesta humana a la revelación divina; es creer en la Palabra de Dios.
En primer lugar, la fe acepta las normas establecidas por Dios. La única alternativa al matrimonio heterosexual es la abstinencia sexual. Creo conocer lo que esto entraña. Nada me ha ayudado tanto a comprender el dolor del celibato homosexual como el conmovedor libro de Alex Davidson, The Returns of Love (Los beneficios del amor). Habla de “la incesante tensión entre la ley y la concupiscencia”, “ese monstruo que acecha desde las profundidades”, este “tormento abrasador”.
El mundo secular dice: el sexo es esencial a la realización humana. Esperar que las personas homosexuales se abstengan de la práctica homosexual significa condenarlos a la frustración y conducirlos a la neurosis, la desesperación y aun el suicidio. Es inaudito que se le pida a alguien que se niegue lo que para él es la forma normal y natural de expresión sexual. Es un hecho “inhumano e insensible”. Es una verdadera crueldad.
Pero no, la enseñanza de la Palabra de Dios es otra. La experiencia sexual no es esencial a la realización humana. Por cierto, es un don bueno de Dios, pero no es dado a todos, y no le es imprescindible al ser humano. En tiempos de Pablo se decía que lo era. El lema en aquel entonces era “La comida para el cuerpo y el cuerpo para la comida; el sexo para el cuerpo y el cuerpo para el sexo” (ver 1 Corintios 6:13). Pero ésta es una mentira del diablo. Jesucristo era soltero, no obstante, su humanidad era perfecta. Además, los mandamientos de Dios son buenos y no crueles. El yugo de Cristo trae descanso y no desasosiego; el conflicto sólo se les presenta a quienes le ofrecen resistencia.
De manera que, en última instancia, es una crisis de fe: ¿a quién creeremos? ¿a Dios o al mundo? ¿nos someteremos al señorío de Cristo, o sucumbiremos a las presiones de la cultura predominante? La verdadera “orientación” de los cristianos no es lo que somos por constitución física (hormonas), sino lo que somos por elección (corazón, mente y voluntad).
En segundo lugar, la fe acepta la gracia de Dios. La abstinencia no sólo es buena, si Dios nos llama al celibato, además es posible. Sin embargo, muchos lo niegan y plantean su argumento en estos términos: “Sabemos lo imperiosamente fuerte que es el impulso sexual. No se nos puede pedir que lo reprimamos”. Norman Pittenger afirma que “está tan cerca de ser imposible que casi ni vale la pena hablar del tema”.
¿Cómo puede ser? ¿cómo, pues, interpretaremos la declaración que hace Pablo a continuación de la advertencia a los corintios de que los que se dedican a la prostitución masculina y a las prácticas homosexuales no heredarán el Reino de Dios? Luego Pablo exclama: “Y esto érais algunos, mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:11).
Y ¿qué diremos a los millones de personas heterosexuales que son solteras? Sin duda, todas las personas solteras experimentan el dolor de la lucha y la soledad. Pero ¿cómo nos llamaremos cristianos y al mismo tiempo declararemos que la castidad es imposible? Se hace más difícil por la obsesión sexual de la sociedad contemporánea. Y lo hacemos más difícil para nosotros mismos si nos dejamos llevar por los argumentos plausibles del mundo, o caemos en la autoconmiseración, o alimentamos nuestra imaginación con material pornográfico y así habitamos un mundo del que Cristo no es Señor, o hacemos caso omiso de su mandamiento a sacarnos los ojos y cortarnos las manos y pies, es decir, a ser inflexibles con los medios de tentación.
Pero, cualquiera sea nuestro “aguijón en la carne”, Cristo viene a nosotros como vino a Pablo y dice: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Negar esto es representar a los cristianos como indefensas víctimas del mundo, de la carne y del diablo; y contradecir el evangelio de la gracia de Dios.
La posibilidad de cambio por la gracia y el poder de Dios depende asimismo de cuán firme sea la determinación de la persona a cambiar. Aquéllos con sexualidad indefinida seguramente pueden cambiar bajo una fuerte influencia y con una firme motivación.
2) El llamado cristiano a la esperanza
No nos hemos referido aún a la posibilidad que tienen las personas homosexuales de “sanar”, entendida ésta no como dominio propio sino como reversión de la tendencia homosexual. Las expectativas en cuanto a esta posibilidad dependerán fundamentalmente de nuestra interpretación de la etiología de la homosexualidad y aún no se ha llegado a una conclusión definitiva. En palabras del doctor D.J. West: “La investigación de las causas de la homosexualidad ha dejado numerosos misterios sin resolver”. Sin embargo, en su opinión “los niños no nacen con el instinto sexual orientado específicamente hacia un sexo o el otro. La preferencia exclusiva por el sexo opuesto es un rasgo adquirido”.
En general se coincide en que frente a la falta de medios de canalización heterosexual, y bajo las presiones culturales, un alto porcentaje de personas adoptaría conductas homosexuales (o al menos podría adoptarlas). De hecho, aunque puede haber un factor o componente genético, la condición es más “aprendida” que “heredada”. Hay quienes la atribuyen a experiencias traumáticas en la niñez, tal como la carencia de amor maternal, que inhibe el crecimiento sexual. Entonces, si se trata de un aprendizaje, ¿no se podrá revertir?
La posibilidad de cambio por la gracia y el poder de Dios depende asimismo de cuán firme sea la determinación de la persona a cambiar, lo que a su vez está sujeto a otros factores. Aquéllos con sexualidad indefinida seguramente pueden cambiar bajo una fuerte influencia y con una firme motivación. Pero muchos investigadores sostienen que la homosexualidad orgánica es irreversible. D.J. West afirma que “ningún método de tratamiento ni castigo ofrece muchas esperanzas de provocar una reducción sustancial en la inmensa legión de adultos que practica la homosexualidad”; sería “más realista encontrarles un lugar en la sociedad”. Aboga por la “tolerancia” hacia la conducta homosexual, si bien propone que no se la “fomente”. Otros psicólogos van aún más lejos al declarar que la homosexualidad no es una condición patológica y que, por lo tanto, debe ser aceptada y no curada. En 1973 los miembros de la Asociación Americana de Psiquiatría eliminaron la homosexualidad de la categoría de enfermedad mental.
¿No representan estas perspectivas la opinión desesperada del pensamiento secular? Los cristianos sabemos que la homosexualidad, por ser una desviación de los preceptos divinos, no refleja el orden de la creación sino el desorden de la caída. ¿Cómo, pues, le daremos nuestra aprobación o la declararemos incurable? No podemos hacerlo. Por lo tanto, lo único que cabe preguntarse es cuándo y cómo se ha de esperar que se produzcan la liberación y la restauración.
El hecho es que, aunque hay quienes declaran que se realizan “sanidades” de homosexuales, ya sea mediante la regeneración o mediante la obra posterior del Espíritu Santo, no es fácil su comprobación. Martin Hallett, quien antes de su conversión era un miembro activo del movimiento homosexual, fundó posteriormente el “True Freedom Trust” (Asociación para la verdadera libertad), un ministerio interdenominacional de aconsejamiento y enseñanza relativo a la homosexualidad y sus problemas.
Ha publicado un folleto titulado Testimonies (Testimonios) en el que hombres y mujeres homosexuales cristianos dan testimonio de lo que Cristo ha hecho por ellos. En él han encontrado una nueva identidad y un nuevo sentido de realización personal como hijos de Dios. Han sido liberados de la culpa, la vergüenza y el temor, por la aceptación perdonadora de Dios, y de la esclavitud a su antigua actividad homosexual, por el poder interior del Espíritu Santo.
Pero no se han liberado de la orientación homosexual, y por lo tanto, paralelamente al nuevo gozo y a la nueva paz que experimentan, aún persiste cierto dolor. Estos dos testimonios ilustran el hecho:
Mis oraciones no fueron respondidas de la manera en que habría esperado, pero el Señor me bendijo grandemente al darme dos amigos cristianos que me aceptaron tal como soy.
Después de que oraron por mí y me impusieron las manos, me abandonó un espíritu de perversión. Alabo a Dios por la liberación que encontré esa tarde… Puedo dar testimonio de tres años libres de actividad homosexual. Pero en este tiempo no me he transformado en un heterosexual.
¿Es que no hay ninguna esperanza de un cambio sustancial de orientación? La doctora Elizabeth Moberly cree que sí la hay. De sus investigaciones concluye que “la orientación homosexual no depende de la predisposición genética, el equilibrio hormonal, ni la anormalidad en los procesos de aprendizaje, sino de dificultades en las relaciones entre padres e hijos, especialmente en los primeros años de vida”.
Sigue diciendo: “el principio subyacente es que el homosexual -ya sea hombre o mujer- ha sufrido una carencia en la relación con el progenitor del mismo sexo; y que existe el correspondiente impulso a suplir esta carencia por medio de relaciones del mismo sexo u ‘homosexuales’”. La carencia y el impulso están íntimamente relacionados.
El impulso compensador hacia el amor del mismo sexo no es patológico en sí mismo, sino que, “por el contrario, es un intento de resolver y curar la patología”. “La condición homosexual no comprende necesidades anormales, sino necesidades normales que, de manera anormal, han quedado sin respuesta en el proceso de crecimiento”.
La homosexualidad “es esencialmente un estado de desarrollo incompleto” o de necesidades no satisfechas. De modo que la solución adecuada es “la satisfacción de las necesidades de vínculo con el mismo sexo sin actividad sexual”, pues erotizar las carencias del desarrollo significa confundir las necesidades emocionales con deseos fisiológicos. ¿Cómo, pues, se pueden satisfacer estas necesidades, ya que son legítimas? Pero ¿cuáles son los medios legítimos para satisfacerlas? Según la doctora Moberly “las relaciones sustitutas del cuidado paterno forman parte del plan redentor de Dios, así como las relaciones paternas forman parte de su plan creador”.
Lo que se necesita son relaciones de amor profundas y duraderas, del mismo sexo, más no sexuales, especialmente dentro de la iglesia. Su conclusión es: “El amor tanto en oración como en la relación es la terapia básica… El amor es el problema básico, la gran necesidad y la única solución verdadera. Si estamos dispuestos a buscar y transmitir el amor sanador y redentor de Cristo, la sanidad será una realidad grande y gloriosa para los homosexuales.”
Aun así, la sanidad completa del cuerpo, mente y espíritu no se producirá en esta vida. En cada uno de nosotros persiste cierto grado de carencia o desorden.
Aun así, la sanidad completa del cuerpo, mente y espíritu no se producirá en esta vida. En cada uno de nosotros persiste cierto grado de carencia o desorden. Pero no definitivamente, ya que el horizonte de los cristianos no se circunscribe a este mundo. Jesucristo vuelve; nuestros cuerpos serán redimidos; el pecado, el dolor y la muerte serán abolidos; el universo y nosotros seremos transformados. Entonces seremos liberados definitivamente de todo aquello que mancha o distorsiona nuestra personalidad. Esta confianza cristiana nos ayuda a soportar cualquier dolor presente, pues el dolor existe en medio de la paz.
“Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:22ss). Así es que nuestros gemidos expresan los dolores de parto de la nueva era. Estamos convencidos de que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). Esta esperanza nos sostiene.
Alex Davidson encuentra consuelo por su homosexualidad en su esperanza cristiana, y lo expresa así:
¿No es una de las mayores desgracias de esta condición el hecho de que al mirar hacia adelante parecería extenderse indefinidamente el mismo camino insoportable? Pensar por un lado que no tiene ningún sentido, nos conduce a la rebeldía, y por otro, que no tiene fin nos conduce a la desesperación. Por esa razón cuando caigo en la desesperación o en la rebeldía, o en ambas, encuentro consuelo al recordarme a mí mismo la promesa de Dios de que un día se habrá acabado…
3) El llamado cristiano al amor
En el presente vivimos “entre tiempos”, entre la gracia que percibimos por la fe y la gloria que anticipamos en la esperanza. Entre ellas se extiende el amor. Sin embargo es precisamente amor lo que generalmente la iglesia no ha sabido mostrar hacia los homosexuales.
Jim Cotter presenta severas quejas por ser tratados como “objetos de insultos y burlas, de temor, prejuicio y opresión”. Norman Pittenger describe la correspondencia “vituperante” que ha recibido, en la que a los homosexuales se los repudia como “seres repulsivos”, “perversos repugnantes”, “pecadores abominables” y epítetos semejantes. Pierre Berton, comentarista social, escribe que “hay fuertes razones para sostener que el homosexual es el equivalente moderno del leproso”.
Rictor Norton es aún más punzante: “La historia de las actitudes de la Iglesia hacia los homosexuales es una atrocidad de principio a fin; no corresponde que nosotros busquemos el perdón, sino que la Iglesia haga expiación”.
La hostilidad personal hacia los homosexuales actualmente se denomina “homofobia”. Es una combinación de temor irracional, odio e incluso repugnancia. No toma en cuenta el hecho de que la mayoría de las personas homosexuales no son responsables de su condición (aunque sí lo son de su conducta).
Porque su perversión no es voluntaria, merecen nuestra comprensión y compasión (si bien a algunos esto les resulta paternalista), y no nuestro rechazo. Richard Lovelace hace una apropiada exhortación al “doble arrepentimiento”, a saber: “que los cristianos homosexuales renuncien a su actividad” y que “los cristianos heterosexuales renuncien a su homofobia”.
El doctor David Atkinson añade con razón: “No tenemos derecho de instar a los cristianos homosexuales al celibato y a que amplíen el núcleo de sus relaciones, a menos que se les ofrezca, con amor genuino, apoyo y oportunidades”. Considero que la existencia misma del Movimiento Cristiano Gay, sin mencionar la llamada “Comunidad Evangélica” dentro de él, es un voto de censura contra la iglesia.
Detrás de la condición homosexual existen una profunda soledad, el anhelo humano natural de amor mutuo, la búsqueda de identidad y las ansias de llegar a ser completo. Si las personas homosexuales no encuentran esto en la “familia de la iglesia” local, no tiene sentido que usemos esa expresión.
La alternativa no es entre la calidez física de la relación homosexual y el dolor de la frialdad y el aislamiento. Existe una tercera opción: un medio cristiano de amor, comprensión, aceptación y apoyo. No creo que haya necesidad de animar a la persona homosexual a revelar su orientación homosexual a todos; no es necesario, ni constructivo.
Pero ciertamente necesita por lo menos un confidente con quien compartir sus cargas, quien no lo desprecie ni rechace, sino que lo apoye con su amistad y oración. Quizá esto lo encuentre en un pastor o consejero profesional; tal vez se puede combinar con una terapia de grupo, lo cual se debe sumar al afecto de un buen número de amistades de ambos sexos.
Deben fomentarse las amistades del mismo sexo, como las de la Biblia entre Rut y Noemí, David y Jonatán, Pablo y Timoteo. No hay indicio de que éstas fueran homosexuales en el sentido erótico; sin embargo, evidentemente eran afectuosas, y (al menos es el caso de David y Jonatán) aun demostrativas. Naturalmente, es sensato tomar algunas precauciones. Pero en las culturas africanas y asiáticas comúnmente se puede observar que dos hombres van de la mano por la calle, sin avergonzarse. Es triste que nuestra cultura occidental inhiba el desarrollo de amistades ricas del mismo sexo, al generar el temor al ridículo o ser rechazado por “rarito”.
El propósito de Dios es que cada iglesia local sea una comunidad en la que se pueda hallar calidez, aceptación y apoyo.
Estas relaciones, tanto del mismo sexo como del sexo opuesto, han de desarrollarse dentro de la familia de Dios que, si bien es universal tiene su manifestación local. El propósito de Dios es que cada iglesia local sea una comunidad en la que se pueda hallar calidez, aceptación y apoyo.
Por “aceptación” no quiero decir “consentimiento”, así como al oponerme a la “homofobia” no me opongo a la censura cristiana de la conducta homosexual. De ninguna manera. El verdadero amor cristiano no es incompatible con la sustentación de los preceptos morales.Hay lugar pues, para la disciplina de la iglesia, en el caso de miembros que se se se niegan al arrepentimiento y que deliberadamente perseveran en las relaciones homosexuales. Pero debe ser ejercida con espíritu de humildad y benignidad (Gálatas 6:1 ss). Debemos tener cuidado de no discriminar entre hombres y mujeres, ni entre pecados de homosexualidad o de heterosexualidad. Además, en el caso de un escándalo público, la disciplina adecuada y necesaria no debe convertirse en una cacería de brujas.
Aunque el dilema del cristiano homosexual es complicado y doloroso, Jesucristo le ofrece (de hecho, a todos) fe, esperanza y amor: la fe para aceptar sus normas, junto con la gracia para guardarlas; la esperanza para levantar la mirada más allá del sufrimiento presente a la gloria futura; el amor para cuidarnos y apoyarnos los unos a los otros. “Pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13).
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