por RICARDO ZANDRINO
La sexualidad irá creciendo en un proceso de paulatina maduración vinculada a que hombre y mujer se amen y se respeten mutuamente, como iguales ante Dios, y también de aceptarse y valorarse como diferentes en su identidad sexual; lo que se desea del sexo opuesto es, precisamente, lo diferente de cada uno. Estas son algunas de las reflexiones que tienen como base la lectura del libro “La Fe Cristiana frente a los DesafÃos Contemporáneos” de John Stott.
SON IGUALES
Entonces dijo: “Ahora hagamos al hombre. Se parecerá a nosotros, y tendrá poder sobre los peces, las aves, los animales domésticos y los salvajes, y sobre los que se arrastran por el suelo.”
Cuando Dios creó al hombre, lo creó parecido a Dios mismo; hombre y mujer los creó, y les dio su bendición: “Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se arrastran.”
(Génesis 1:26-28)
En el pasaje de Génesis que encabeza nuestro escrito encontramos que cuando Dios creó al hombre, pensó en él en términos comunitarios: hombre y mujer. Ambos son, unidos, imagen de Dios. Ambos son iguales ante él, y al unirse y ser uno, pueden comprender la esencia de Dios; que siendo tres son uno por el milagro del amor.
Las órdenes de Dios y la bendición son para ambos: “Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se arrastran.” El “mandato cultural” es responsabilidad y privilegio de ambos sexos y no hay distinción ni discriminación.
Durante siglos, y en distintas culturas, incluyendo la judÃa, la autoridad entre el hombre y la mujer fue despareja. Sin embargo, la Biblia no sustenta esta situación, sino que, por el contrario, afirma desde el principio que ambos sexos son colaboradores del plan de Dios para la humanidad, para gobernar la tierra y sacar provecho y recursos para el bien común. Este sentir respecto a la igualdad se repite de distintas formas en toda la Biblia.
Dice John Sttot al respecto: “Volviendo a la historia de la creación se pone en evidencia, entonces, que desde el primer capÃtulo de la Biblia en adelante se afirma la igualdad básica de los sexos. Todo lo que es esencialmente humano tanto en el varón como en la mujer refleja la imagen divina que compartimos por igual.” (1)
La distorsión de esta igualdad del hombre y la mujer ante Dios es producto de la caÃda, y tiene vinculación con el modo por el cual fueron afectadas las relaciones originales del ser humano, en sentido vertical hacia arriba con Dios, horizontal entre el hombre y la mujer, y entre el hombre y su prójimo, y vertical hacia abajo con la creación.
Esta tremenda ruptura de las relaciones irá siendo reparada paulatinamente por la historia del amor de Dios al hombre, revelada en las páginas de la Biblia.
Dios aparece en la imagen del Padre de Israel:
“El Señor es, con los que le honran, tan tierno como un Padre con sus hijos; pues él sabe de qué estamos hechos: sabe bien que somos polvo”.
(Salmo 103:13-14)
y también con la ternura de la madre:
“Señor, no es orgulloso mi corazón,
ni son altaneros mis ojos,
ni voy tras cosas grandes y extraordinarias
que están fuera de mi alcance.
Al contrario, estoy callado y tranquilo,
como un niño recién amamantado
que está en brazos de su madre.
¡Soy como un niño recién amamantado!
Israel, espera en el Señor ahora y siempre”
(Salmo 131).
Esto da a entender que ambos sexos están incluidos en la naturaleza del Dios creador.
Este énfasis bÃblico de la igualdad del hombre y la mujer ante Dios, es constante hasta que llega Jesús a morar entre los hombres y, a partir de allÃ, nada será igual. Ya desde su relación como hijo humano de José y MarÃa irá revelando este aspecto con particular énfasis.
La ternura de Jesús ante su “Papito” (Abba Padre), asà como la imagen utilizada posteriormente como esposo de la iglesia, hacen permanente referencia a la consideración de la sexualidad en el ámbito familiar.
Jesús se refirió en parábolas a Dios, utilizando una figura femenina de la mujer que habÃa perdido una moneda, y con la masculina de un padre al que abandona su hijo rebelde, y al cual vuelve arrepentido para reconciliarse.
Jesús trató a las mujeres de su tiempo, superando prejuicios sexuales, raciales y morales. Podemos verlo en su encuentro con la mujer samaritana, dejando un ejemplo imborrable para la humanidad: para Jesús el hombre y la mujer son iguales ante Dios.
Luego Pablo expresarÃa que para el cristiano “ya no importa el ser judÃo o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo” (Gálatas 3:28),lo cual es el sentir de Dios hacia la nueva comunidad de amor que es la iglesia.
Jesús trató a las mujeres de su tiempo, superando prejuicios sexuales, raciales y morales. Podemos verlo en su encuentro con la mujer samaritana, dejando un ejemplo imborrable para la humanidad.
La Biblia termina con el mismo énfasis de la relación de amor y unidad entre el hombre y la mujer y expresa, en el primer capÃtulo de Génesis: “hombre y mujer los creó, y les dio su bendición: ‘Tengan muchos, muchos hijos;” (Gn.1:26-28) y repite su mensaje en el último capÃtulo del Apocalipsis, en la figura de los esposos que se llaman el uno al otro: “El EspÃritu Santo y la esposa del Cordero dicen: ‘¡Ven!’ Y el que escuche, diga: ‘¡Ven!’”. (Ap.22:17)
SON DIFERENTES
“Luego, Dios el Señor dijo: “No es bueno que el hombre esté solo. Le voy a hacer alguien que sea una ayuda adecuada para él”. Y Dios el Señor formó de la tierra todos los animales y todas las aves, y se los llevó al hombre para que les pusiera nombre.
El hombre les puso nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves y a todos los animales salvajes, y ese nombre se les quedó. Sin embargo, ninguno de ellos resultó ser la ayuda adecuada para él. Entonces Dios el Señor hizo caer al hombre en un sueño profundo y, mientras dormÃa, le sacó una de sus costillas y le cerró otra vez la carne. De esa costilla Dios el Señor hizo una mujer, y se la presentó al hombre”.
(Génesis 2:18-22)
No es lo mismo igualdad que uniformidad. El ser iguales no nos hace indiferenciados, sino diferentes y complementarios. O como sintetiza J.M. Yoder sobre el tema: “Igualdad de valor no es identidad de rol” (2)
No hay un sexo superior y uno inferior, ya que ambos fueron creados por Dios, con igual dignidad.
El hecho que sean iguales pero diferentes debe llevar a que ambos sexos se respeten, se sirvan y se amen, y no a que compitan y busquen usurpar sus roles.
Lo que el hombre debe amar en la mujer es precisamente lo que él no posee, y lo mismo en sentido inverso. Si cada uno amara lo que es igual a sà mismo, o lo que imagina que el otro deberÃa ser, no dejarÃa de centrarse en sà mismo.
John Stott cita a Matthew Henry quien dice “ella no fue creada de la cabeza de Adán para que fuera superior a él, ni de sus pies para que fuera inferior, sino de su costado para que fuera igual a él, de abajo de su brazo para ser protegida, y de las proximidades del corazón para ser amada”. Y a Peter Lombard quien, en 1157, dijo en su “Libro de aforismos”: “Eva no fue sacada de los pies de Adán para ser su esclava, ni de la cabeza para ser su ama, sino de su costado para ser su compañera.”(3)
Supongo que alguno de mis lectores estará preguntándose ya por la cita de Pablo en la cual el hombre es la “cabeza” de su esposa. Y quizás algunos argumenten que esto marca un rango de mayor jerarquÃa. Pero precisamente aquà encontramos un nuevo fundamento al hecho de que el hombre y la mujer son iguales y diferentes.
La cita dice: “Porque el esposo es cabeza de la esposa, como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo. Cristo es también el Salvador de la iglesia, la cual es su cuerpo” (Efesios 5:23). Y encontramos términos similares en 1 Corintios 11:3: “Pero quiero que entiendan que Cristo es cabeza de cada hombre, y que el esposo es cabeza de su esposa, asà como Dios es cabeza de Cristo”.
Cabeza y cuerpo, sin embargo no indican jerarquÃa sino diferente rol en la integración.
Que el hombre sea cabeza de su mujer significa que él, al igual que Cristo con respecto a la iglesia, tiene una función de amor y protección. Dice al respecto John Stott: “En consecuencia, ’ser cabeza’de su esposa significa para el marido cuidado y no dominio; responsabilidad y no autoridad. Como ‘cabeza’, se entrega a sà mismo por amor a ella, tal como lo hizo Cristo por su cuerpo, la iglesia, y la cuida, como todos cuidamos de nuestro propio cuerpo.
Su interés no es oprimirla, sino liberarla. Tal como Cristo se dio a sà mismo por su esposa, con el fin de presentársela a sà mismo radiante y sin culpa, asà también el marido se da a sà mismo por su esposa, con el fin de crear las condiciones adecuadas para que ella pueda crecer hasta la plenitud de su femineidad.” (4)
Los movimientos de liberación feministas frecuentemente se equivocan al hacer de sus objetivos la competencia con el hombre por alcanzar el poder y la autoridad. En realidad mantienen el mismo esquema machista, pero invertido.
La mujer tiene las cualidades que a veces se les asigna un sentido negativo bajo la denominación de debilidad, cuando en realidad son aspectos positivos e inherentes a su condición particular, y complemento del hombre. Por ejemplo: suavidad, ternura, sensibilidad, paciencia y devoción. La verdadera liberación de la mujer se hará ante el compañerismo y la igualdad en amor del hombre. Ambos avanzando juntos y creciendo individualmente y en la pareja del matrimonio.
Lo que el hombre debe amar en la mujer es precisamente lo que él no posee, y lo mismo en sentido inverso. Si cada uno amara lo que es igual a sà mismo, o lo que imagina que el otro deberÃa ser, no dejarÃa de centrarse en sà mismo.
Para la mujer soltera su crecimiento será en relación a otros ambientes. Comenta Stott “Los hombres y las mujeres se necesitan mutuamente. Por lo tanto serÃa mucho más propicio para el desarrollo pleno de su feminidad que pudieran experimentar el cuidado y el apoyo masculino en algún contexto, ya sea entre parientes o amigos, en el trabajo, o (si son cristianas) en la iglesia. Es cierto que ‘no es bueno que el hombre esté solo’, sin el compañerismo de la mujer, pero también no es bueno que la mujer esté sola, sin ‘cabeza’ masculina.” (5)
Entonces podremos alcanzar la verdadera liberación para el hombre y la mujer en que, siendo iguales, sean diferentes;¡ que sean sà mismos!
(1) John Stott, “La Fe Cristiana frente a los DesafÃos Contemporáneos” (Ed. Nueva Creación, Buenos Aires, 1991). Pág. 278.
(2) John Howard Yoder, “Jesús y la realidad PolÃtica” (Ed. Certeza, 1985), pág. 212 nota 23.
(3) John Stott, “La Fe Cristiana frente a los DesafÃos Contemporáneos”, pág. 283.
(4) Ibid, pág. 288.
(5) Ibid, pág. 290.
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