por LUIS A. SEGGIARO
La sexualidad está presente en la Biblia. No podía ser de otra forma, porque es propia de la vida.
La Biblia es el libro de la Revelación divina y tiene dos grandes protagonistas: Dios y el mensaje de salvación por una parte, y el hombre, por la otra, capaz de las más elevadas y sublimes acciones del espíritu y las más bajas y oscuras pasiones del alma; el hombre, con toda su grandeza espiritual y todas sus miserias morales. Y la sexualidad no escapa a esta valoración extrema del bien y del mal.
La sexualidad se halla implícita ya en la primer página de la Biblia, cuando se refiere a los orígenes mismos de la humanidad, en las palabras del precepto divino: “Fructificad y multiplicaos”.
Lo sexual, asimismo, abordado en forma poética y metafórica, es el tema excluyente de un libro deuterocanónico del Antiguo Testamento: el Cantar de los Cantares del rey Salomón. Aquí la sexualidad está tratada de una manera natural y transparente.
En contraste, en otras páginas de la Biblia, encontramos algunos episodios de desviación y violencia sexual. Los rescatamos en estas líneas, con un sentido de crónica o, simplemente, como un comentario o una contribución al tema, que muestra cómo la degradación de la sexualidad ha sido una constante de la raza humana, desde la más lejana antigüedad. Nos referimos concretamente, a dos episodios de similares características y parecidas circunstancias, ocurridos en momentos distintos y distantes de la historia bíblica. Uno transcurrió en la ciudad de Sodoma en los tiempos de Abraham, y el otro, en la ciudad de Gabaa, en la época en que los jueces gobernaban a Israel. En los dos se habla de intento de violación y de homosexualidad.
Cuando se habla de homosexualidad, siempre se piensa en la relación sexual entre hombres. La gente tiende a asociarlo con el término latino “homo”, que significa “hombre”, y no con el prefijo griego “homos”, que significa “semejante”. Esta es la acepción correcta, ya que, la homosexualidad es, igualmente, femenina.
Las prácticas homosexuales, más allá de las argumentaciones psicológicas y sociales que se puedan esgrimir desde el punto de vista médico – anatómico y fisiológico – son relaciones antinaturales, “contra natura”.
Dice la primera de estas historias:
“Empezaba a anochecer cuando los dos ángeles llegaron a Sodoma. Lot estaba sentado a la entrada de la ciudad, que era el lugar donde se reunía la gente. Cuando los vio, se levantó a recibirlos, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente y les dijo: Señores, por favor les ruego que acepten pasar la noche en la casa de su servidor y mañana temprano seguirán su camino.
Pero ellos le dijeron: – No gracias. Pasaremos la noche en la calle.
Sin embargo, Lot insistió mucho y, al fin, ellos aceptaron ir con él a su casa. Cuando llegaron, Lot les preparó una buena cena, hizo panes sin levadura, y los visitantes comieron.
Todavía no se habían acostado, cuando todos los hombres de la ciudad de Sodoma rodearon la casa y, desde el más joven hasta el más viejo, empezaron a gritarle a Lot:
- ¿Dónde están los hombres que vinieron a tu casa esta noche? ¡Sácalos! ¡Queremos acostarnos con ellos!
Entonces Lot salió a hablarles y, cerrando bien la puerta detrás de él, les dijo:
- Por favor, amigos míos, no vayan a hacer una cosa tan perversa. Yo tengo dos hijas que todavía no han estado con ningún hombre; voy a sacarlas para que ustedes hagan con ellas lo que quieran, pero no les hagan nada a estos hombres, porque son mis invitados”. Génesis 19:1-8
Narra la otra: “Entonces (el levita, su mujer y su criado) se apartaron del camino y entraron en Gabaa para pasar la noche, y el levita fue y se sentó en la plaza de la ciudad porque nadie les ofrecía alojamiento.
Por fin, ya de noche, pasó un anciano que regresaba de trabajar en el campo. Este anciano era de los montes de Efraín, y vivía allí como forastero, pues los que vivían en Gabaa eran de la tribu de Banjamín. Cuando el anciano vio en la plaza al viajero, le preguntó: – ¿De dónde vienes y a dónde vas?. Y el levita le respondió: -Estamos de paso. Venimos de Belén de Judá, y vamos a la parte más lejana de los montes de Efraín, donde yo vivo. Estuve en Belén y ahora voy de regreso a casa, pero no he encontrado aquí a nadie que me dé alojamiento. Tenemos paja y forraje para mis asnos y pan y vino para nosotros, es decir, para mi mujer, para mi siervo y para mí. No nos hace falta nada.
Pero el anciano respondió: – Sé bienvenido. Yo me haré cargo de todo lo que necesites. No voy a permitir que pases la noche en la plaza.
El anciano los llevó a su casa y, mientras los viajeron se lavaban los pies y comían y bebían, él dio de comer a los asnos. En el momento en que más contentos estaban, unos hombres pervertidos de la ciudad rodearon la casa y empezaron a golpear la puerta y a decirle al anciano, dueño de la casa:
- ¡Saca al hombre que tienes de visita! ¡Queremos acostarnos con él!.
Pero el dueño de la casa les rogó: – ¡No amigos míos, por favor! ¡No cometan tal perversidad, pues este hombre es mi huésped! Miren, ahí está mi hija, que todavía es virgen. Y también está la concubina de este hombre. Voy a sacarlas para que las humillen y hagan con ellas lo que quieran. Pero con este hombre no cometan tal perversidad.
Pero ellos no le hicieron caso al anciano, así que el levita tomó a su concubina y la echó a la calle y aquellos hombres la violaron y abusaron de ella toda la noche, hasta que amaneció. Entonces la dejaron. Ya estaba amaneciendo cuando la mujer regresó a la casa del anciano, donde estaba su marido, y cayó muerta delante de la puerta. Cuando su marido se levantó y abrió la puerta para seguir su camino, se encontró a su concubina tendida ante el umbral de la puerta, con las manos sobre el umbral”. Jueces capítulo 19:15-27.
Dos episodios que parecen calcados literalmente y que nos revelan que la homosexualidad y la violación, además de estar difundidas, se llevaban a cabo de manera agresiva y compulsiva, como en todos los tiempos y en todas las latitudes.
En estas historias de degradación sexual y frente a las increíbles propuestas de los principales actores, es dable comprobar la escala de valores dentro de la cual se movían los hombres -que no eran malvados ni perversos, sino por el contrario, considerados como buena gente- de aquellos tiempos.
Sexualidad y vida; dos hechos ineludibles en el transcurso de la existencia humana. Ambos, fielmente reflejados en estos pasajes de las Escrituras.
La sexualidad, en su vertiente más oscura y negativa, es evidente en estos capítulos. Está claro que, el sólo anuncio de la llegada al lugar de unos forasteros, era más que suficiente para desatar en estos ciudadanos, bajos instintos de violación y homosexualismo colectivo.
Referido a la vida, el otro aspecto negativo, y tal vez el más importante, lo constituye la actitud de estos personajes frente a la vida misma y en el desprecio que sienten por la integridad de hijas y esposa, respectivamente.
El protagonista de la primera de estas historias, registrada en Génesis, es Lot, hombre justo y piadoso. En la segunda, relatada en el libro de los Jueces, uno de los actores es un anciano de la ciudad de Gabaa, hospitalario y amante de su prójimo, y el otro, un levita, perteneciente a la familia de los levitas, que eran los encargados del cuidado del templo.
Nos llena de estupor el procedimiento al que apelaron Lot, el anciano y el levita, que hieren en lo más profundo nuestra sensibilidad y los sentimientos de amor paternal y conyugal, cuando ofrecen entregar a sus hijas vírgenes para que sean violadas, a cambio de preservar a sus huéspedes y cuando el esposo entrega a su mujer, para librarse él mismo, de los ataques homosexuales. Aquí se nos presenta como más reprobable la actitud de los que debieron ser los protectores de su familia, que la de los agresores sexuales.
“Yo tengo dos hijas que todavía no han estado con ningún hombre; voy a sacarlas para que ustedes hagan con ellas lo que quieran”, es el argumento de Lot; y como un eco malvado, muchos años después, el anciano morador de Gabaa, repite: “Miren, ahí está mi hija, que todavía es virgen y también la concubina de este hombre. Voy a sacarlas para que las humillen y hagan con ellas lo que quieran”.
Inconcebibles palabras las de estos padres religiosos y temerosos de Dios; aunque hayan vivido en culturas primitivas, se hace difícil la justificación.
Todo esto hace pensar que, si en lugar de entregar Lot, el justo, y el anciano bueno a sus hijas para que “las violaran e hicieran con ellas lo que quisieran”, y el levita arrojara a su mujer fuera de la casa para que abusaran de ella hasta el amanecer, cuando la infortunada cayó muerta ante la puerta de la casa, tras la cual, estaban ellos resguardados, ¿no hubiera sido más digno y más de hombres, que se entregaran Lot, el anciano de Gabaa y el levita, como prendas de cambio.
Moisés, en su relato de Génesis, identifica por su nombre a Lot, como el responsable de este reprobable episodio; en cambio, el autor del libro de los Jueces – ¿Samuel 1400 A.C.? – no registra los nombres de los protagonistas, favor que les hace al levita y al anciano hospedador.
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