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Cuida tu mente

 por GUILLERMO DAVID SOMMERVILLE

 Es imposible exponer la mente, hora tras hora, a estímulos dominados por el enemigo de Dios, y salir ileso. Es imposible, con diez o quince minutos diarios de meditación en la Palabra de Dios y un par de reuniones por semana con mis hermanos en la fe, salir pensando, hablando y obrando como Cristo. Oro tres veces por día antes de comer y leo la porción diaria de las Escrituras, y luego paso horas enteras frente al televisor, llenándome la mente de basura, u horas hablando trivialidades con los vecinos, y tengo la idea que, de alguna forma mágica, Dios va a dominar mis pensamientos

LA MENTE es el centro de i vida. Ella recibe información y estímulos, los analiza y evalúa, los acepta o rechaza, y decide y determina mis palabras y acciones.

Cuando Pablo dice que soy una nueva creación en Cristo, que toda mi vida está hecha nueva, ninguna parte de ella queda excluida. Pero la transformación empieza en mi manera de pensar. Todo radica allí.

"Tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2.14-16), y sólo con ella soy capaz de comprender las cosas de Dios. Sólo con ella estoy restaurado al propósito divino original. Fui creado a su imagen para pensar con él y como él, pero el pecado distorsionó esa mente divina en mí, Satanás la cautivó, y, aunque sigo pensando, lo hago con una mente corrompida (Tito 1.15).

Cuando pongo mi mente bajo el poder soberano de Jesucristo, el Espíritu de Dios la restaura, la libera del poder de Satanás, la cautiva nuevamente (2 Corintios 10.5), y graba en ella su ley (Hebreos 10.16). Todo mi ser -mente, alma y cuerpo- es llamado a adorar a Dios (Marcos 12.30).

Pero viene la pregunta: ¿hasta dónde una teoría se ha hecho carne en mi vida? ¿Hasta dónde una verdad teológica es real? Como todo en la vida espiritual, esto depende de mi voluntad. Nadie me obliga a ser cristiano. Dios extiende el perdón de los pecados y la nueva vida, pero, para que se conviertan en realidad, debo recibirlos. Lo mismo ocurre en cada detalle y etapa de la vida. Si no echo mano de lo que Dios ofrece, salgo perdiendo. Dios no obliga.

Pablo, en los once primeros capítulos de Romanos, relata cómo Dios me encuentra en la perdición y condenación, y me elige, me justifica, me santifica y me glorifica. Luego, espera de mí una vida que depende de un cambio de mente.

Depende de mi decisión de no vivir más de acuerdo con los criterios de los que me rodean, de permitir que Dios me transforme la mente, de desear que la mente redimida por Cristo sea real. Dios manda: "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento" (Romanos 12.2). Encuentro el mismo imperativo en Filipenses 4.8: "Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad".

Es imprescindible darme cuenta siempre de que vivo en un mundo enemistado con Dios, y que la vida que él desea para mí está diametralmente opuesta a la de mi entorno. La vida divina se describe en el Sermón del Monte, y sus metas y valores no sólo son ajenos a la vida del mundo, sino muchas veces hacen que el cristiano parezca ridículo. Pablo dice, en 1 Corintios 1, que el mensaje cristiano es locura para los que no creen, y por eso la Biblia me advierte contra una mente no ungida por el Espíritu Santo ("carnal", Romanos 5.5-8), una mente que obra según normas que desconocen a Dios ("mundana", 1 Juan 2.15-17).

La mente determina toda la trayectoria de la vida: cuáles son las metas que busco y los valores que rigen la búsqueda, cómo empleo mi tiempo e invierto mi dinero, cómo actúo en la familia y en el trabajo, cómo es mi vida social, política y cultural. Todo lo que digo y hago, lo determina una mente que está de acuerdo con Dios, o si no, una mente que lo margina. Son las únicas opciones.

Proverbios 4.23 insiste: "Cuida tu mente más que nada en el mundo, porque ella es fuente de vida". Para hacerlo, debo preguntarme cuáles son las influencias que operan sobre mi mente. Se pueden resumir bajo dos categorías: los medios de comunicación (libros y periódicos, radio, televisión y cine) y las relaciones humanas (parientes y amigos, vecinos y compañeros de trabajo). ¿Qué hay de positivo o negativo en estas influencias? El análisis debe ser personal, porque lo que es positivo para uno puede resultar negativo para otro.

Al analizar mi propia vida, siempre debería estar consciente de que lo antidios y anticristo me está bombardeando constantemente. La lucha contra la mente de Satanás es incesable (Efesios 6.12), pero Pablo, en 1 Corintios 6.12 y 10.23, me ayuda a combatirla. En ambos pasajes me dice que soy libre de hacer lo que quiera, pero que no todo me conviene. Primero, no puedo dejar que nada me esclavice; y segundo, no puedo permitir en mi vida lo que no me edifique.

Entonces, me pregunto: ¿cuáles son las influencias sobre mi mente -y, por lo tanto, sobre mis palabras y acciones- que me están dominando? ¿Cuáles de ellas me hacen bien, me hacen crecer, y cuáles me perjudican? ¿Cuáles son mis debilidades: la tertulia de los amigos, la lectura, el televisor?

No me engañe. Es imposible exponer la mente, hora tras hora, a estímulos dominados por el enemigo de Dios, y salir ileso. Es imposible, con diez o quince minutos diarios de meditación en la Palabra de Dios y un par de reuniones por semana con mis hermanos en la fe, salir pensando, hablando y obrando como Cristo. Oro tres veces por día antes de comer y leo la porción diaria de las Sagradas Escrituras, y luego paso horas enteras frente al televisor, llenándome la mente de basura, u horas hablando trivialidades -o peor- con los vecinos, y tengo la idea que, de alguna forma mágica, Dios va a dominar mis pensamientos. Cristo dice que su Espíritu traerá a nuestra memoria la enseñanza de la Palabra de Dios. Pero no puede hacernos recordar lo que nunca estaba allí.

Debo sacar de mi vida las influencias que me tengan atado, y debo hacerlo en forma despiadada. Mejor es, dice el Señor, entrar en el cielo tuerto que en el infierno con los dos ojos sanos, ingresar a la vida eterna manco que en la perdición con las dos manos intactas.

Te ruego, Señor mío, que me llenes la mente de tu pureza y hermosura, de tu justicia y santidad, para que toda mi vida redunde para tu gloria. Amén.

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