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Primero no dañar

La bioética como una disciplina determinada y concreta es nueva, tiene pocas décadas de vida. Es tan joven que los diccionarios no registran su nombre todavía.

Es la sucesora de la siempre vigente Deontología (del griego: “deber y tratado”). Tratado de los deberes, de la ética profesional y de la moral médica.
Sin embargo, sus orígenes son antiguos y lejanos; hunden sus raíces en lo más profundo de la Historia de la Medicina.
La Historia de la Medicina es la crónica de una larga lucha contra la enfermedad. Lucha singular; la del hombre a favor del hombre. Pero en esta lucha desigual, siempre, inexorablemente, triunfa la muerte. Por eso lo he repetido muchas veces, esta lucha debe entenderse como la lucha no en contra de la muerte en sí misma, sino de la lucha contra “la muerte a destiempo”.
La muerte a destiempo, por la falta de medios para evitarla o, debido a la impericia o a la negligencia del médico que la provoca.
Esto último constituye la Yatrogenia (del griego Yátrico: relativo a los médicos y génesis, comienzo o generación). De aquí que, el término yatrogenia signifique mal generado por los médicos o efectos nocivos a causa de su actuación. Todo lo opuesto a la sabia sentencia: “primo non nocere”: primero no dañar.
Los griegos fueron los inventores de la filosofía, porque fueron los descubridores de la razón como instrumento de conocimiento especulativo y racional. Y como muchos de los primeros filósofos fueron también médicos   Pitágoras, Alcmeon y Empédocles, entre otros  pronto le aplicaron a la medicina estos modos de conocimiento y nace la medicina racional, en contra de la medicina mágica y teúrgica.
En esta época irrepetible en la historia de la humanidad  alrededor de 400 años a.C.  aparece Hipócrates (etimológicamente: “domador de caballos”), que no sólo crea la medicina racional, sino que sienta las bases de la ética médica, contenida en sus escritos y resumida en su célebre Juramento.
Al estudiar las obras de Hipócrates no puede dejarse de notar, ante todo, el alto nivel de su conducta moral, su afán de considerar por encima a otras circunstancias el bien del paciente y su confianza en el poder curativo de la naturaleza: “Vis medicatrix naturae”.
“Nuestras naturalezas –decían- son los médicos de nuestras enfermedades”. “No debemos entrometernos con el proceso de curación” y sin embargo ayudaba con sabios consejos, empleaba tratamientos racionales y prescribía dietas y modos de vida adecuados. De aquí deriva su importante norma general de que todo tratamiento terapéutico debe tender a favorecer y a reforzar el auxilio que a sí mismo da su propia naturaleza y, sobre todo, a evitar que se interfiera a ésta en su camino.
Pero lo encantador de los escritos hipocráticos, lo que realmente cautiva y seduce es que sus observaciones del enfermo disfrutan siempre de primacía sobre las puras teorías.
Toda la filosofía y el pensamiento médico de Hipócrates y su elevado sentido ético están contenidos y resumidos en su conocida frase: “ser útil o, por lo menos, no perjudicar”; frase sentenciosa que tuvo después gran difusión bajo la forma de locución latina: “primo non nócere”. Este concepto fundamental e insoslayable de la bioética lo encontramos en su libro primero de las epidemias (Epidemia: etimológicamente, “sobre el pueblo”).
Siglos después, con el advenimiento del cristianismo, se inicia la verdadera medicina asistencial; la misión del médico se humaniza, y es cuando toma conciencia de que puede curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre.
Dado el ámbito para el cual escribo este artículo  la revista Compromiso Cristiano de la Fundación Escuela Bíblica Evangélica, en su número dedicado a la Bioética  creo necesario hacer hincapié en ocasionales aspectos de la relación Medicina   Religión.
En este aspecto, no se puede ni se debe confundir bioética con religión.
La Iglesia de occidente muchas veces puso trabas que constituyeron un verdadero atraso en la marcha de la medicina.
Cuando comenzó a practicarse la cirugía, allá por la Edad Media, a causa de la fuerte oposición de la Iglesia esta quedó relegada al olvido y practicada por los cirujanos de “Toga corta”: barberos y sacamuelas sin instrucción, enemigos de los cirujanos de “Toga larga”, miembros del Colegio de San Cosme.
El argumento de la Iglesia corroborado en 1215 por la famosa ordenanza del papa Inocencio III era: “Eclesia abhorret a sanguine”: la Iglesia aborrece el derramamiento de sangre.
El español Miguel Servet, con sus investigaciones describió la circulación pulmonar, o lo que se llama circulación menor. En el año 1553 tuvo la desdichada idea de publicar su descubrimiento como cosa secundaria en una obra teológica titulada: “Restitutio Christianismi” en donde criticaba la doctrina de la Trinidad; por esta causa fue declarado hereje.  Se salvó de la inquisición española que lo condenó en efigie. Huyó a Ginebra donde cayó en manos de Calvino y fue quemado vivo junto con un ejemplar de su obra.
Pasó mucho tiempo antes de que a Miguel de Servet se le otorgara su merecido puesto en la historia de la Medicina. La razón de este atraso fue la intolerancia religiosa que, aparte de su muerte en la hoguera, destruyó todos los ejemplares de su libro.
Más tarde  ya no en la Edad Media  el inicio de las transfusiones de sangre, recibió también por parte de la Iglesia amargos y severos ataques. Esta objeción, tal vez se fundaba en una errónea interpretación del precepto mosaico, del libro de Levítico, que en el capítulo 17, versículo 14, dice: “El alma de toda carne, su vida está en la sangre”, debido a un desconocimiento de la antropología del antiguo pueblo hebreo.
Algo parecido ocurrió en nuestros  días, hace  apenas unos treinta años, cuando  en  diciembre de 1967,  Christian Barnard, en la Ciudad del Cabo, efectuó el primer  transplante  de corazón entre seres humanos.  Los reparos se debieron, quizás, por aquello  de el  corazón es el  centro de  los  sentimientos  y de las emociones, lo que quedó definitivamente desvirtuado, ya que los cardiotransplantados tienen el tremendo y raro privilegio de poder contemplar a su viejo y cansado corazón descansando dentro de un frasco, mientras ellos siguen viviendo y amando, con un corazón ajeno en el pecho. Siguen amando, con un nuevo corazón, con el mismo amor, las mismas cosas de antes.
Pero más incomprensible que la oposición a los avances de la medicina que trabajaba afanosamente para lograr nuevas esperanzas de vida, fue el beneplácito a prácticas aberrantes de la medicina en complicidad con el arte y con la Iglesia.
Este capítulo oscuro, este fenómeno artificioso y cruel, fue el de los “Castrati”. Tuvo distintos objetivos: por un lado, obtener las grandes voces de oro para la música lírica del Barroco y, por el otro, conseguir sopranos para integrar los coros de la Iglesia. Estaba prohibida la presencia de mujeres en estos coros y no se encontró mejor medida para solucionar la necesidad de voces agudas y poderosas que la castración de niños. Era más ético  y menos pecado  castrar a niñitos inocentes, que permitir a las mujeres cantar en las iglesias.
Con la castración antes de la pubertad, se impedía la secreción de la testoterona, la hormona masculina que marca los caracteres sexuales. Quedaba así bloqueado el cambio de la laringe para adoptar progresivamente una voz más grave conservándose los agudos. Y, a la vez, la potencia toráxica proporcionaba a esta voz infantil una enorme potencia y un timbre muy particular.
La práctica de la castración para el cuidado de los  harenes y  también para el canto procedía de Oriente. Pero, curiosamente,  fue en la  Italia de  la  Europa del siglo XVIII y  en la capilla vaticana, donde a partir del siglo XVII aparecieron escuelas encargadas de formar castrados sopranistas.
Los primeros castrados fueron utilizados en la Capilla Sixtina del Vaticano en 1562.
Pesaba como ley divina para las mujeres la prohibición de cantar en los coros de las iglesias y, como los niños mantenían una tonalidad adecuada para las alabanzas a Dios, solamente durante tres o cuatro años (desde los siete a los once, a lo sumo).

El Papa Clemente VIII fue quien visualizó la solución: castrar  niños  y  luego educarlos en conservatorios conventuales.
En verdaderas factorías de  eunucos  cantores, la mayoría de  los  niñitos  morían desangrados o consumidos  por  fiebres o infecciones. Los que sobrevivían y lograban el milagro vocal  en la práctica, los virtuosos eran excepcionales pasaban a formar parte de los “coros angelicales”.

“Cantaban como los ángeles y como ellos, no tenían sexo”, alguien los definió. (1) Tal vez el recuerdo de este desgraciado y nefasto connubio entre la medicina, la religión y el arte, contribuyó al nacimiento de la Bioética que surgió en los E.E.U.U. durante los años setenta. Sin embargo, sus orígenes se encuentran en las doctrinas hipocráticas y en los principios éticos y morales de la deontología médica.
Siendo la medicina una disciplina científica especializada tan particular y, con un objetivo tan bien definido como es el acto de curar, suele hacernos pensar que puede mantenerse y desarrollarse al margen del pensamiento de cada época.
Y sin embargo, a poco que andemos y estudiemos la evolución de la Historia de la Medicina, se comprueba que guarda y avanza en estrecha relación con las distintas manifestaciones de la cultura, de la filosofía y, en especial, de la antropología filosófica de cada época histórica. Es decir, hay una estrecha relación del pensamiento médico con la filosofía del hombre a través de toda su evolución.
La ciencia en general y la medicina en particular, por su especial significación, se desarrollan bajo la influencia de la filosofía. Y así como cada época tiene su filosofía, cada filosofía tiene su propia medicina.
Según cual sea el enfoque de la filosofía y la comprensión que la antropología filosófica haga del hombre, así será también, consecuentemente, la visión que la medicina tenga de ese hombre. Porque toda medicina en el transcurso de su historia, como todo médico en el ejercicio de su profesión, tiene que orientarse según una determinada imagen del hombre y andar su camino con la mirada vuelta a esa imagen última del hombre, que de alguna manera vive en su interior.
Sin embargo los problemas éticos y las decisiones del médico son tan complejos que ni la medicina ni la filosofía por sí solas pueden dar respuestas a los problemas bioéticos. Éstos requieren el aporte de la psicología, la sociología, la teología y el derecho y, sobre todo, de la antropología en toda su significación.
La bioética abarca toda la existencia del hombre; va desde la inseminación artificial y la manipulación genética en los comienzos de la vida, hasta los transplantes y la supervivencia dependiente en el final.
“Los descubrimientos científicos no son, éticamente, ni buenos ni malos: son la respuesta a una necesidad cultural y humana de avanzar en el saber. Sin embargo, la interpretación que la sociedad hace de ellos no es imparcial y se basa, principalmente, en el uso que se dará a ese nuevo conocimiento”.(Débora Frid)

Termino con las palabras que, escribió hace ya años  antes que se institucionalizara la bioética  mi recordado amigo, el doctor Jorge Orgaz, médico humanista que fue Rector de la Universidad Nacional de Córdoba: “La ética está por encima del saber y éste supeditado a ella. Medicina sin ética no es medicina sino ciencia o saber libresco, mera amenaza del hombre y su vida”.Nota del director:
-El doctor Luis A. Seggiaro es Académico Emérito de la Academia de Ciencias Médicas de Córdoba.
-Ex profesor de Historia de la Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba.
-Ha sido Presidente de la Asociación Argentina de Historia de la Ciencia.
-Es autor y coautor de diversos libros de Historia de la Medicina publicados por la Editorial Universitaria de Buenos Aires y la Editorial de la Universidad de Córdoba.
-Es miembro Titular de la Societé Internationale D’Histoire de la Médicine. Capítulo Argentino y Miembro Correspondiente de la Sociedad Mexicana de Historia y Filosofía de la Medicina, como asimismo de diversas sociedades científicas de nuestro país.
-Ha publicado artículos de su especialidad en revistas científicas nacionales y de Europa y dictado numerosas  conferencias sobre Historia de la Medicina, entre otras actividades.

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